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Archivo de la categoría: Mis Relatos

L’Enfer

La almohada de la ira ahoga el amor, sin pausa pero con decisión, para convertirnos en víctimas del corazón y sus cadenas. Y cuando todo acabe (si es que algún día lo hace), vamos a descorchar el tapón del rencor y brindar con su manifiesta sensación de impotencia, esa falsa superioridad cuando se sabe que todo está hundido y sepultado bajo toneladas de propósitos y promesas estériles. Víctimas del deseo, estamos tan cerca pero ya no sentimos, y la realidad se difumina como niebla de cementerio.

No queda rincón ya en donde esparcir las cenizas de la furia, todos los sueños transmutaron en pesadillas, y todas las pesadillas se hicieron infierno para torturar piel impoluta y sentimientos virginales. Olvido para calmar, para resarcirnos de ese eco que se repite como una constante, visceral y prologado dilatando la agonía que ya se asoma a las puertas del cielo y aunque insensibilidad y cobardía suelen ir de la mano, no queda otra que entregarse a esta vorágine sin fin aparente.

Arrinconados y exhaustos, la negatividad expuesta es prosa de cáustica intención para regalar los oídos con intenciones desencaminadas y esperanzas que rinden cuenta sólo ante las llamas que las asolan. Sin rodeos, sin falsas expectativas, el incendio se ha creado y las consecuencias muestran su cara más rastrera e implacable, retrato trágico y perturbador de la calamidad cuyo nombre pronunciado es erotismo y crueldad a partes iguales. No te disculpes por cercenar con cristales rotos los hilos que nos unían a la cordura.

Quizás es que con las manos vacías y el corazón ausente del pecho perdemos la perspectiva del caos en derredor y su dulce veneno, de la oportunidad y la tentación consecuente que le sigue. Sólo una vez pidieron los muertos un efímero instante de emoción para un futuro escabroso y dubitativo, y es este, el precio para resucitar el corazón entre trompetas y ángeles caídos de reputación cuestionable. Une estas miradas con un tacto imposible y moriremos aquí mismo de embriaguez y arrebato.

Ya diluvia para redimir, condenado y ejecutado el sentimiento pervive entre las indisimuladas sonrisas de un ego desbordado. Dame, regálame ya retazos de infierno para hacer con ellos, en un acto magistral, mi propio paraíso de belleza y amargura en conyugal dualidad. No temas, viene aquello que siempre esperamos con la cautela de lo furtivo, exigiendo un par de latidos como acto de fe en pecado y comunión. Entre susurros damos la bienvenida a la noche y con ella a la llama que se desliza por nuestra espalda. Sentimos… vamos al país de las maravillas en L’Enfer.

Giacomo del Pò – A las puertas del Infierno (1703 – 1708).

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Publicado por en 17 enero, 2018 en Arte, Mis Relatos

 

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Entre la bohemia de cuatro candiles

Sinceramente, no te miento y es que no pensaba encontrarme contigo esta noche entre luces cálidas y recuerdos que se desentierran a sí mismos como zombis. 17 de Noviembre, y ya sabemos que 1 más 7 son 8 y de lado infinito, como los besos que se derraman en este instante entre melodías desafinadas y lenguas tan afiladas como indómitas.

A medio camino entre lo romántico y lo trágico, tan de la mano siempre como el corazón que se niega a dejar de sentir y se agarra con todas su fuerzas al último amor correspondido. Y es que estamos jugando con fuego y además pretendemos quemarnos; de cenizas están hechos aquellos que fueron los más grandes sueños, lo sabemos perfectamente.

Como un sonámbulo, aquí, entre la bohemia de cuatro candiles y un sofá con estampado pasado que trae al presente tanto y tan caro precio para el corazón. Las miradas danzan de uno a otro y Sivert ya nos seduce saliendo y sabiendo a años 60 por la vieja radio de válvulas: “En tu habitación de luz agonizante, más allá del alcance de todo, en el santuario de la noche, prefiero ser un hombre sonámbulo…” Contigo.

No sé si es que nos estamos dejando llevar mucho o quizás al mundo ya no le importan las desdichas en las que nos envolvemos para combatir los reveses del invierno que ya viene con el cuchillo entre los labios asediados de carmín rojo. Tú sólo preocúpate de no apuñalarme con tu desazón a base de medias (en las piernas) sonrisas en los labios.

Aunque la corona de la noche ya pese mucho sobre nuestras cabezas, tenemos claro que solamente siendo sombras podremos destacar en esta habitación desnuda e impasible. Damos un último sorbo a la sinrazón que fluye como elixir de goteras encima de nosotros. Te noto más fría que en el pasado, será que mi mente se agarra a ayeres añorados y a la vez se pierde entre el laberíntico presente de tu pálida piel.

Si hay que poner un colofón que sea justo el preciso momento que estuvimos buscando y al final (nos) encontramos. Aquí se seguirá contando la misma historia en toda noche de niebla y luz de gas que se precie, con ganas de seducir con el pálpito de romances en penumbra pero que por dentro dejan quemadura perpetua.

Ree Morton – To each concrete man (1974).

Fotografía y retoques por La Exuberancia de Hades (Museo Reina Sofía, Madrid).

 

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Fenrir

Su susurro retumba entre salones de nácar, su voluntad desfallece en ríos de tinta volátil sin ánimo de plasmar en papel un último gesto de egolatría al caer el Sol. No es que vaya a llover, es que el cielo se va a derrumbar sobre todos nosotros, a plomo, haciendo de la cripta un lago de sueños difuntos y mentiras ahogadas en suspiros de verdad.

Vida, entregada a lomos de la volatilidad más extrema; si hemos entregado nuestra postrera voluntad a merced de las olas, solamente nos espera la esperanza de una expectativa difusa. Irredentos testimonios de vileza entre metáforas sin sentido, esta enorme leona de oro y piedra es destinataria de un corazón partido entre su monumentalidad y mi locura.

Éxtasis de naturaleza impregnada de lluvia y cánticos paganos que nos entrega el viento a modo de cuchicheos prácticamente inaudibles. Los tambores azotan la mente, distorsionan la imaginación de paisajes vírgenes sin la mácula de caricias artificiales y senderos prefijados, no hay caminos que seguir sino inmensidad en la que perderse entre audacia e insensatez.

Son recuerdos devastados los que nos han traído hasta este sueño de majestad perdida y miradas arcanas. Si mis runas marcan el destino de mi corazón, que sea entre tus manos palpitantes, que la sangre nos muestre el nexo entre la tierra húmeda y el alma que te es entregada en un gesto de abnegación.

Y al anochecer, los aullidos de los lobos marcarán con su sonido inquietante el devenir de nuestros sueños. Buscamos un despertar de Sol entre la escarcha, un otoño cristalino de más allá de la espesa niebla. Buscamos, buscamos y buscamos una razón para no perder el Norte y ser uno y trino: Pasado, presente y futuro (en tus brazos).

 
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Publicado por en 22 noviembre, 2017 en Mis Relatos

 

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La cena de los espectros

Silencio, sólo silencio, desgranado en mentiras y versos lánguidos de épica y heroica obsoletas. La mansión, lugar de cita y drama, está vacía (de vida); relojes parados y polvo acumulándose como sueños rotos en estanterías vacías y suelos inmundos. Recuerdos que olvidan su lugar en el tiempo, marchito y oscuro es esta perseverancia de la nada.

A la mesa desconchada del comedor del principal, siete sombras sentadas, sin voz, sin más demora que la que tarde la madrugada en presentarse de cuerpo presente, con esa espesura casi líquida que ahoga temperamentos y nos arrastra a un estado de melancolía general, tan bella como implacable.

No hay miradas tras cuencas vacías, no hay palabras tras bocas sin lengua. Sólo hay una cosa cristalina y es la certeza total de que la propia caída a los infiernos será con las trompetas tras de sí anunciando este epílogo. Son siete historias para siete retratos de miseria y perdición, amargos pero con esa suavidad que sólo el toque de una musa moribunda podría otorgar.

Lo irrefrenable, ese impulso que carcome hasta quebrar, se hace paraíso al recordar la piel pálida sobre la que manos y lengua se deslizan en un ir y venir de sombras proyectadas de lujuria. El desenfreno observa pues tras la puerta el resultado de su obra, el ascenso hasta el Sol que explota, y como todo dios que se precie por un instante, la caída posterior al reino de los olvidados. ¿Hasta cuándo liquidaremos el corazón por besos fugaces perdidos entre seda y locura?

¿Sobre qué trono se asientan los impulsos?, ¿sobre qué estómago se deslizan las más jugosas y sugerentes mentiras? Y es que tragamos, sin pudor, siempre hambrientos, arrinconando la templanza en el hueco más degradado de nuestra propia incontinencia, allí donde la incertidumbre pende de un hilo y la gula se acopla a todo un infinito incierto que la alimente de aquello que desea. Cuando la noche es horror y el día aquella lejana luz que nos libera.

Y es que somos antiguos reyes muertos, nuestra avaricia es una joya en sí misma engarzada al corazón. Bajo sepulcros de alabastro reposa el peso de lo inmisericorde, al otro mundo navegó un alma anclada en la sed de reliquias y fortuna, ahora desnuda se encuentra perdida de todo lo que alimentó durante años de búsqueda y poder que se deshacen ante los ojos como castillos de arena arrastrados por la marea de la frustración.

¿Y si caemos ya tan acabados y hundidos en este lugar?, ¿y si no hay más ganas de protestar ante la majestad de lo inevitable? ¿Para qué mover un dedo si el mundo te aplasta con su brazo de plomo? Y así el lecho frío se torna en hogar, la habitación en mundo, y todo sentido que hubiera antes de este desmoronamiento se hace mera casualidad ante la desdicha que atenaza, la pereza que hunde y aprisiona con excelsa venganza.

Quizá en algún resquicio oculto, el orgullo pretenda reaccionar ante tantas desdichas y penurias que se eclipsan ante un carácter explosivo e irrefrenable surgido de los avernos de la conciencia, para cercenar con ira manifiesta todo aquello que se interpuso un día en el camino marcado y decidido. Con gesto de rabia, sin discernir entre amigos y enemigos, cegados por la supernova de la sinrazón en este auténtico funeral masivo de la cordura.

Cuando todo avista el camino final, las reflexiones se solidifican, los sentimientos concentrados tienden a la reflexión, ¿qué habría sido de mí si…? Rápidamente los ojos se posan en caminos paralelos, la atención enfoca y es entonces cuando al ver otros pequeños mundos emerge de las aguas oscuras de la conciencia una puñalada envenenada… Yo quiero eso, vivir así. Llámame envidia, erosionaré tu buen sentir hasta la raíz.

Se acerca el alba y una vez más no hemos aprendido nada, puesto que aquí sólo nos deleitamos con los sinsabores de la marca original de cada uno, con el descrédito sobre los hombros de siglos en los que cada noche es de difuntos, de Noviembre esquelético y afilada escarcha. Somos únicos, esbozos casi invisibles de realidades extremas y en un último gesto, de soberbia quizá, desaparecemos sin rastro de rencor.

Olvídanos, haz como si nunca nos hubieses conocido y todo acabará como empezó, entre recuerdos ahogados por el polvo y silencio, pero con la sensación de ser libre por fin. Tú decides si amanece.


 
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Publicado por en 25 octubre, 2017 en Mis Relatos

 

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Sobre pociones de amor y olvido

Aquí no tenemos pociones para corazones rotos;  y es que podríamos pasar la vida buscando los ingredientes, la mezcla perfecta para dejar de caer en tromba hacia el suelo y no la encontraríamos. Conocer esta verdad destroza desde la férrea voluntad marcada por oídos sordos y palabras engoladas de miseria lúgubre y falsa sonrisa.

Ríe aunque vas a morir en la orilla, sin remedio, tienes un objetivo pero tu propósito ni te necesita ni te espera. Entiéndelo porque aunque no haya nada personal en esto, la última estocada que recibirás vendrá con placer en la ejecución y el desenlace, principio y fin para que el olvido acabe agrandándose ante tus ojos.

¿Y ahora qué?, la voluntad y lo inamovible se besan, eso sí que es amor (por la destrucción). Nada más lejos de la propia nada, recolectando limbo, precipicio, caída infinita… Vértigo y soberbia unidos en un baile de cadáveres sin tumba ni reposo en este caos desencadenado por una idea y una fogosidad tan intensa y breve como la llama de una cerilla.

La única certeza llegados a este punto, es rezar a lo prohibido, anhelando lo que tanto y tan firmemente te han negado. Más allá del bosque, donde las ruinas góticas ocultan altares profanados de sangre para los infiernos e ira para los cielos; sí, aquí. Reposa tu enajenación y deja que los espectros olvidados susurren su dulce calvario en tus oídos.

Y serás un ciego hablando para sordos, atesorando tiempo perdido y frustración, ambas alzándose como una plaga bíblica. Un día más sin ver más allá de tu orgullo herido, mientras tu derredor es un erial de corazones rotos; a cada uno de ellos le regalaste un agravio y ahora te van a pagar con (su) dolor y una sonrisa en tu caída.

Al final todo se centra en saber (querer) olvidar a tiempo.

Evelyn de Morgan – La poción de amor (1903).

 
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Publicado por en 18 octubre, 2017 en Arte, Mis Relatos

 

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Apokálypsis

Ya está, las trompetas del Apocalipsis retumban en los cielos para desgarrar cordura y serenidad a partes iguales, para hacernos recordar la llegada de lo tan imposible como esperado. Y es que en mitad de tiempos de tribulación, la única certeza es que la ira acumulada de eones acabará derramándose sin piedad sobre nosotros.

Siglos de mentiras y lenguas bífidas inoculando su veneno entre soflamas inquietantes para oídos débiles y mentes hechas para la esclavitud, sin capacidad alguna de ver al demonio creciendo  tras tantas palabras disfrazadas de belleza cautivadora y mortal certidumbre. Cuando lo inevitable sonríe, nosotros sólo podemos más que asentir.

Es una revelación, estamos hechos para ser destruidos, y cuando nuestros cadáveres calcinados y petrificados yazgan en el suelo como un recuerdo pompeyano de nuestra propia torpeza, el silencio se apoderará de la escena y en el teatro de los sueños (pesadillas) sólo se representará la obra de la nada, cuya escena final es la de la propia extinción.

Deja que reine la paz tras la destrucción, el sigilo tras el ruido ensordecedor, sigilo que ya se desliza tras las cortinas mecidas por el viento gélido, como testigo fugaz de un arrebato con sabor a melancolía, de propósitos insatisfechos y agoreros cuyas predicciones retumban con el eco de pesadas goteras en nuestra conciencia.

Todo explotó, se derrumbó el telón y nos atrapó bajo su peso, nos silenció, sí, pero con una sonrisa en los labios, ya que no hay nada más directo, preciso, justo y uniforme que un Apocalipsis. Y si hay redención más allá de lo carnal, será momento de buscarla entre ruinas olvidadas y marchitos bosquejos de insólita brillantez.

Amor mío, mira cómo la noche se diluye entre sinfonías lóbregas de nostálgica belleza, para así devolvernos un resquicio de esperanza por el que mirar y observar que no sólo el Sol nos devuelve a la luz sino también las palabras adecuadas en el momento preciso, en el corazón adecuado. ¿Podremos volver a soñar sin miedo?, ¿podremos despertar por fin?

Miénteme, pero dime que sí.

Ilustración por Zdzisław Beksiński.

 
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Publicado por en 11 octubre, 2017 en Mis Relatos

 

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Trató de devolver su corazón a la vida

En páramos secos y pérfidas áreas de olvido, debate la soledad sobre el método más acertado de cercenar las esperanzas, siempre por supuesto a medio camino entre dialéctica vacía y recargada inspiración. Constantemente buscando el hueco por el que enviar la flor acertada que llegue hasta ella, la carta anónima por debajo de la puerta que haga estremecer.

Porque el tiempo se divide entre lo compartido y el tedio hasta volver a enterrar la espera entre sus brazos. Ciertamente es un crimen no guardar todos estos tesoros bajo llave y aunque vivir de recuerdos es una manera de revivir, llega un momento en el que los sentimientos se licuan y se deslizan como hiedra salvaje por ese muro impertérrito que se propuso separarnos.

No hay elixires de felicidad extrema, ni cenizas que se recompongan en lo que se ha perdido. Si el destino está entre las manos, ¿por qué tantas ansias por escapar? Ícaro ya demostró la gravedad de querer acercarse al Sol. Y es que la luz perpetua es una penitencia, porque en el fondo es preferible descubrir las imperfecciones en total oscuridad a cegarse de brillantez.

Sin más invenciones ni exquisitos despropósitos, la noche se hizo fuerte entre muebles viejos y recuerdos carcomidos, cada vez más presos tanto de la amnesia como del polvo. Revivir en paisajes desolados es por tanto un acto de misericordia que las tinieblas tienen a bien de degustar sin alardes, tan sólo sosteniendo un viejo cráneo entre las manos: Ser (por fin) o no ser, el uno para el otro.

Cerrando los ojos, escuchando el ulular del viento, estremeciéndose con la corriente que revoluciona las pesadas cortinas, la (fría) cena ya está servida para comensales de espectral naturaleza. Así es como la belleza se filtra en los huesos, con elegante penumbra y cadavérica quietud, alzando y hundiendo los brazos en la furiosa tormenta que se ha de desatar.

Finalmente la historia cuenta que trató de devolver su corazón a la vida de noche, cuando las poesías cobran más sentido, siempre de negras galas e impía voluntad. Cuando las tormentas insuflan vida a carne entumecida y mente congelada en tiempos marchitos destinados a florecer (en otoño) por fin. Ella, mis tinieblas favoritas.

 
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Publicado por en 13 septiembre, 2017 en Mis Relatos

 

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