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Archivo de la categoría: Mis Relatos

Ecos

La Luna en llamas, el Sol apagado con el agua de la tormenta perfecta, y en mitad de todo, la cascada eterna de su antigüedad hecha ruinas y olvido. Amanece y no queremos acabar con la magia de ese destello iridiscente que vimos mutuamente en nuestros ojos.

El tiempo se mantiene en el lado oscuro del deseo, a salvo de las ganas de tirar por la borda los resquicios de cordura por un instante plegado a lo primario. Resuenan esos ecos de amor, ecos de atadura, en ti, en mí, retumban con la misma vibración atemporal.

Se lee melancolía en la piedra abandonada, se recita poesía entre la oscuridad de nuestras sombras, sin desprecio, sin labrar más frustraciones en un tiempo yermo que lo apuesta todo a los vivos, mientras los muertos esperan su turno tras el telón de la victoria.

Piras de soledad acompañada, en el incendio se vislumbra el sentimiento primigenio de pertenencia del uno al otro. No lo sabemos pero ya ardemos, consumidos desde el interior, sin verlo, pero sintiendo que estas ruinas andantes, por un segundo, darán sentido a todo.

No perdamos jamás el momento preciso en el que decir todo aquello que apuñala el corazón, todas las cicatrices, todas las heridas que hoy sangran no serán más que ecos (de nuevo) de un pasado que define lo que somos y esculpe a lo que aspiramos ser, mano a mano.

Costin Chioreanu – Remembrance (2012).

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Publicado por en 2 octubre, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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De silencio (y otros amantes)

Noche de tragedias sin un amanecer a la vista para calmar a las pesadillas. Ya se desliza entre tus dedos el deseo de cambiar las huellas del pasado sobre la piel, sobre el corazón.

De silencio (y otros amantes) tratan estos requiebros sentimentales, de conversaciones a destiempo y caricias inesperadas que lo cambiaron todo para siempre.

Hablar, compartir la soledad de la tumba en un beso robado a la desesperación de esta agonía que impoluta quiebra nuestra espalda hasta derrumbarnos nos haría recordar, otra vez.

La memoria fallida de unos momentos basados en la aspiración de ser estrellas en un universo de agujeros negros, odiamos lo que somos, sin dejar de aspirar a aquello que no podemos ser.

En la vieja guarida de conejos ya no hay nada más que abandono y magia fallida, esas reminiscencias que espectralmente vuelven una y otra vez para dañarte allí donde más nos duele. Es el frío tan aterrador que nos separa, es ese veneno que nos empuja hasta el fin.

Si el amor es la única pregunta, ¿de dónde viene tanto destrozo? Fragmentos de corazón roto como respuesta al interrogante de qué filo será el que cortará nuestras venas.

Como zafiros sin pulir son estos ojos que claman al cielo una miserable oportunidad entre la ventisca arrolladora de su recuerdo, cada vez más diluido y sangrante.

Queremos que estos ecos dejen de retumbar a destiempo, arrítmicos, perdidos, como un metrónomo hipnótico de pupila y labios sabor ceniza al anochecer. Amor, nos encomendamos al fuego y no hay salida salvo la de acabar derrotado en tus brazos y en la paz de tu piedad.

Es una declaración de intenciones no perder más el tiempo en compañía de la nada que palidece en la esquina de su memoria perfecta, tan a medida de su indiferente mirada.

Querremos querer un día, sin percatarnos de nuevo de haber perdido la cabeza allí donde no la podremos encontrar rebuscando en arcones vacíos y romances sin fuego.

Estos instintos de pasión por sublimar, el decreto implacable que vende nuestra alma al mejor postor y los besos a la mayor gloria de la nada en su trono de dolor y alas rotas.

Y en este surrealismo con tintes de descontrol llega otro amanecer, aunque nosotros en realidad busquemos algo más exquisito y único, eclipsarnos (uno en el otro).

Franz von Stuck – El beso de la Esfinge (1895).

 
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Publicado por en 28 agosto, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Descabezados

Si prendes el fuego debes atener a las consecuencias, un incendio, un catástrofe desde el corazón hasta la piel. El terreno es yermo y está lleno de locuras por el camino, perderse es fácil si pones los labios entre los míos y el infierno.

La inspiración, agotada de gritar y no ser escuchada, es necesario dar un paso más para caer del todo o subir allá donde espera el éxtasis. Son decisiones al fin y al cabo, las que marcan la nada de la corona de laurel sobre tu cabeza.

Si estás aquí no hace falta más, si marchas será necesario todo para cubrir y malvivir, si es que esa posibilidad existe más allá de tu cuerpo y el mío. Sólo un retazo más con el que recordar que en un solo segundo podemos pasar de reyes a desterrados.

No hay coronas ni tronos que reclamar, el ambiente es glacial y la tormenta se aproxima con una navaja de hielo entre los dientes. Es el cielo el que se desploma sobre nosotros y todos los sueños que pudieron ser no son más que recuerdos a los que aferrarse hasta sangrar.

Directos y sinceros, no hay nada lejos de esas certezas, nada, para cuando llegue el momento saber distinguir si alguien más reza por nosotros y así seguir manteniendo la cabeza sobre el corazón y el corazón sobre los hombros. Sí, soñemos.

 
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Publicado por en 31 julio, 2019 en Libros, Mis Relatos

 

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La hora de la ira

El tedio desdibuja su silueta nocturna, temblorosa cual incertidumbre que se filtra en los huesos. Abstraídos en una niebla extendida de colosal espesura, las melodías que ululan en su densidad son lentas y romas, de un calibre ejecutor sin igual.

Hecatombes y piruetas circenses se mezclan en la hora de la ira, a las diez, con todo el infierno vendido y sin ángeles de la guarda a los que suplicar. Tras la cena, el horror, el pintalabios descorrido por los labios agrietados y sedientos de rabia.

El conflicto llegó de forma fría e indiferente, no se asomó acalorado al abismo por miedo a caer y no volver a encadenar un desastre con otro. Se frota las manos, se desangra en mitad de la certeza, la iluminación y su posterior apagón a la cordura.

La máscara mortuoria de la desdicha se derrite entre llamas y palabras flamígeras, se desencadena el Cerbero al anochecer y con él el peso de los años y sus frustraciones, la perspectiva del tiempo fija el camino de rosas (muertas).

Abiertas están las puertas bajo el cielo carmesí, vestimos de escarlata nuestro conflicto, tan fácil como endulzar la tragedia con el inane sabor de la esperanza. Abrazamos con fuerza el momento, porque bien sabemos que tras la ira, no hay nada.

Etéreos, volátiles como fuego fatuo de pantano, ¿se nos vislumbra? Si eres capaz de ver algo es que estamos avistando el final. Prendemos (en un acto suicida), escapamos, despistamos por la más afilada esquina al destino en la hora convenida, en punto.

Luca Giordano – Batalla de los dioses y los gigantes (Circa 1692).

 
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Publicado por en 3 julio, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Ven, Las Vegas

Las luces de la ciudad agonizan en este horizonte extendido. Tras el cristal, la bruma exige su fantasmagoría nocturna, trayendo un recado de misterio incrustado en lo más hondo de la noche que se cree eterna pero tiene las horas contadas.

Como un sonámbulo intranquilo en mitad de la paz, la realidad desciende al más primitivo de los infiernos, el de la soledad. Perpetua en su significado, precisa en su sentir, se yergue como la némesis imbatible que todo lo puede y a todo coloso derriba.

Resistimos, en un sueño insalvable al despertar, tu recuerdo, el mío, derivados y aislados en el mismo momento y lugar. Creemos que nada nos haría más fuertes, hasta que vino el limbo a enseñarnos lo que es sentir sin paliativos, sin ignorante anestesia.

Se despliegan las estrellas, la nostalgia se vuelve eufórica ante el recuerdo de una noche lo entregó todo para quedarse después con las manos vacías y el sabor de un beso en los labios. No basta, no basta con añorar cuando el vacío es compañía.

Sé que la sombra que dibuja su ausencia es una oda a la perfección perdida, su voz, la reverberación de un silencio atronador que hace de la espera, un momento exhausto en el que lo superficial acaba perdido y sin rumbo. Es este el instante de iluminación buscado.

Paso a paso, la longitud aumenta, las luces se esfuman. La lluvia mientras, a raudales, apaga el fuego del deseo que una vez quiso eternizarse más allá de sus posibilidades, más allá de la insensatez de (al menos) intentarlo.

La esperanza se desnuda y es agridulce, no colma las expectativas, y ahora cuando todo está en su lugar y un mar de distancia separa tu océano del mío es cuando quizá podremos decir: Ven, Las Vegas, frívolos al despertar, entregados al anochecer, juntos.

“¿Qué tienes en el corazón? A ti”.

 
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Publicado por en 8 mayo, 2019 en Mis Relatos

 

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Nació del dolor

Nació del dolor, de mi último reducto de cordura atado con hilo de oro al desastre. Y ahora que mi verdadera cara quedó al aire, dame paz total, de negro y opaco luto, para que no vuelva más a contemplarme abriendo tus heridas.

Derrotado e inane, como un héroe que lo dio todo para al final ser víctima de las falsas expectativas. Así se vislumbra un futuro sin obstáculos, sin misterio, sin mí; por mucho que rece tus lágrimas no se pueden borrar, ni dejan de saber a mi nombre.

La verdad nunca será presuntuosa por mucho que desnude con cruel eficacia y exactitud cada centímetro de realidad. Así que respeta esta voluntad superior que hoy nos arranca del más cálido de los abrazos, aunque no queramos.

El pasado actúa como navaja roma, notas la presión, pero cuando llega el momento de derrumbarse, lo acoges simplemente con una sonrisa en los labios y el corazón roto. Y es que la sangre de estas manos no se limpia, igual que los recuerdos no indultan nuestra pena.

Perdona si en algún momento quise tocar la Luna y quedarme en ella teniendo al Sol a mi lado. Sobran palabras y hechos no tengo, deja que parta por si un día puedo volver a ser lo suficientemente bueno como para volver. Qué decir, (lo) Siento.

Léon Spilliaert – Autorretrato ante el espejo (1908).

 
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Publicado por en 27 marzo, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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In absentia

Sólo dos palabras surcaban la imaginación en el momento en que la certeza tomaba asiento. Ahí está, delante, innegable y precisa en el sentir, desmitificando el ruido ya probado por la desconexión entre el corazón y la mente.

La devoción, los dioses caídos huyen delante de ti, no son consuelo cuando el fuego nos rodea con avidez. Esta ausencia, el limbo, son el regalo más grande que puedes ofrecer, una rutina de silencio con la que calmar la falta de sensaciones de este tiempo.

Ya no tienes nada que dar, ni yo ganas de dar más, sin acritud, la piel se acostumbró al tacto perdido. Nadie echa tanto menos como aquel que no sabe separar el mero consuelo de la libertad, al fin, encontrada y adorada hasta la extenuación.

Eternamente, en aquel rincón donde destrozas la vajilla por simple desahogo, sin tiempo, puesto que mirar hacia delante  para no volver a caer ocupa ahora la mayor atención posible. No hay lluvia que borre lo vivido pero tampoco niebla que vuelva a devorar el juicio.

La alfombra, el viejo chester, la lámpara de luz amarillenta, las persianas bajadas, cerrados de par en par escenificamos esta tragicomedia con la mejor de las interpretaciones. Atrapados en espíritu, alejados en cuerpo, deshojando con mutismo día tras día.

Fluyendo en ríos opuestos, desembocando en mares remotos, la angustia se acaba con la última pesadilla al amanecer. Entre luces y sombras, entre tu realidad y la mía, un mundo separando, y entremedias, el quizá que lo determina todo.

El dulce sonido de la puerta al cerrar lo hace todo más personal. Ahora que sabes que somos fuego, llega el momento en donde apagas de un soplido los últimos rescoldos mientras susurras esas dos palabras tan evocadoras: In absentia.

Vilhelm Hammershøi – Interior con dos velas (1904).

 
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Publicado por en 20 febrero, 2019 en Mis Relatos

 

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