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Los Siete Arcángeles

La referencia más notable a un grupo de Siete Arcángeles proviene de la Biblia en el libro apócrifo de Tobías cuando el Arcángel Rafael se revela a sí mismo, declarando: “Soy Rafael, uno de los siete ángeles que están en la gloriosa presencia del Señor, listo para servirlo”. (Tobías 12:15). Los otros dos arcángeles mencionados por nombre en la Biblia son Miguel y Gabriel. Los cuatro nombres de los otros arcángeles provienen de la tradición: Uriel, Sealtiel, Jeudiel, Barachiel.

Icono de la Iglesia Ortodoxa Rusa de la Asamblea del Arcángel Miguel (Siglo XIX). De izquierda a derecha Jehudiel, Gabriel, Sealtiel, Miguel, Uriel, Rafael y Barachiel. Querubines en azul y serafines en rojo aparecen bajo la mandorla de Cristo.

En todas las escrituras de las tradiciones judeo-cristianas, solo Judas el Apóstol llama a Miguel “Arcángel” (Μιχαὴλ ὁ χάρχάγγελος) en la epístola atribuida a su autoría. En el Libro de Enoc, las tradiciones judías lo convierten en “uno de los Arcángeles”, aunque ninguno de los otros se menciona por su nombre. En la mayoría de las tradiciones orales cristianas protestantes, solo se menciona a Michael y Gabriel como “arcángeles”, que se hace eco de la opinión musulmana dominante sobre el tema, mientras que en las tradiciones cristianas católicas se incluye a Rafael, que da como resultado un grupo de tres.

El pueblo judío tomó prestados los nombres de ángeles de la cultura babilónica, que bajo la influencia dualista del zoroastrismo, y como una adición a su propio desarrollo de los primeros sistemas de creencias de Mesopotamia, dio como resultado un folclore y una cosmología centrada en lo antropomórfico y representación zoomorfa de estrellas y planetas, en la que más tarde se introdujo el mismo concepto para las constelaciones de estrellas, cuyas características y nombres fueron importados por notables profetas judíos durante su exilio forzado conocido como el cautiverio de Babilonia comenzando en 605 a. C., primero con el profeta Daniel, luego con autores como Ezequiel, quien diseñó las constelaciones babilónicas (las formas abstractas de las constelaciones), que fueron consideradas como “hijos de los dioses” (los cuatro hijos del Padre Celestial), deidad en Babilonia que llevaba el Sol Alado, el trono de la Sabiduría), como ángeles del Señor de Israel, de hecho animales vivientes en el cielo que se conocían como querubines, y con eso reutilizó algunos de los caracteres encontrados en el sistema politeísta de creencias mesopotámicas como siervos angélicos del Señor de Israel, estableciendo así la prevalencia del Dios de Israel. El Libro de Parábolas del año 2 a. C., capítulo XL, hace eco de tales representaciones folclóricas y da el nombre de los cuatro ángeles con los que viene el Anciano de los Días, los que están ante el Señor de los Espíritus, “las voces de los que están sobre los cuatro lados”, magnificando al Señor de la Gloria “como: Miguel, Rafael, Gabriel y Fanuel.

En la Iglesia Católica son nombrados tres arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael. En la Iglesia Ortodoxa se añaden otros cuatro arcángeles: Uriel, Sealtiel, Jeudiel y Barachiel.

Varios sistemas dentro de las ciencias ocultas y el esoterismo asocian a cada arcángel con una de las “siete luminarias” tradicionales (los siete objetos que se mueven a simple vista en el cielo o siete planetas clásicos): Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno; pero hay desacuerdo en cuanto a qué arcángel corresponde a qué cuerpo.

En el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid se conservan siete pinturas del artista barroco Batolomé Román (1587 – 1647) de los respectivos arcángeles con rótulos explicativos en cada uno de ellas que dicen así:

Miguel: “San Miguel recibe las ánimas de los que mueren bien favoreciéndolas en las agonías y batalla del Tránsito”.

Gabriel: “San Gabriel favorece para que obedezcan los hombres a las divinas inspiraciones. Alcanza la virtud de la obediencia”.

Rafael: “San Rafael favorece a los que quieren verdadera penitencia”.

Uriel: “San Uriel favorece en las batallas contra las tentaciones y para que amen a Dios”.

Sealtiel: “San Seatiel favorece para tener buena oración”.

Jeudiel: “San Jehudiel favorece para confesarse. Ayuda a los deseos de la mayor honra y gloria de Dios”.

Barachiel: “San Barachiel favorece para alcanzar los dones del Espíritu Santo”.

Massimo Stanzione – Los Siete Arcángeles (Finales de la década de 1620). De izquierda a derecha: Rafael, Uriel, Gabriel, Miguel, Jeudiel, Sealtiel y Barachiel.

Monasterio de las Descalzas Reales (Fotografía por La Exuberancia de Hades, Junio 2018).

Real Monasterio de la Encarnación. (Fotografía por La Exuberancia de Hades, Julio 2018).

Fuentes: Wikipedia, Patrimonio Nacional, elaboración propia.

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Desde la oscuridad con amor

La espesa negrura cae como una gruesa sábana por la piel, no obstante la anhelamos, la encontramos irresistible, como unos muslos marmóreos a la luz de la Luna. Y es que ciertamente nos derrotamos y acomplejamos al mismo tiempo por no tener la suficiente capacidad como para resistir el envite del pecado. Pero no importa.

¿Para qué frenar cuando la tumba tan de par en par ya alza sus brazos para enterrar junto a ella la cordura?, sin más predisposición que la de llevarse consigo esperanzas fértiles y sueños intermitentes como brillo de estrellas. Demos un segundo más sólo, para beber la certeza de que el Infierno se corona al caer el Sol y el Cielo queda muy lejos de nuestras aspiraciones.

Tan sombrío como rezar a la muerte, esto no es agarrarse a un último clavo ardiendo, esto es tragarlo directamente aunque la garganta se desangre y no precisamente por las mentiras que ha habido que deslizar hasta llegar aquí, las verdades también poseen afilados bordes. Y ahora por favor, un poco de tregua para enamorarnos de la vida en negro y para siempre… Es lo que queremos.

No pretendemos dejar huella, pero cuando todo se basa en escribir ambición con la letra más grande posible, damos una sola posibilidad al azar, aunque el saco se rompa y la cuerda nos ahorque y balancee exhibiéndonos como trofeos ejecutados de la codicia, siempre intimando tanto con la desdicha. Como el fantasma de la ópera, nunca haciendo de gala de nuestra mejor cara, pero constantemente en sombras.

Nuestras tinieblas son sustento, abono para tierra de cementerio y como unos besos robados de amantes impacientes de madrugada, no será nada, nada más que lo que nosotros estemos dispuestos a rompernos el corazón por un sueño arrebatado al destino más incierto. Desde la oscuridad con amor, ahora será para siempre, mañana será nunca.

Tom French – Cranio Anatomia.

 
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Publicado por en 25 julio, 2018 en Arte, Mis Relatos

 

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Camille Pissarro

Isla de Santo Tomás (Islas Vírgenes de los Estados Unidos 🇻🇮 – *Anteriormente colonia danesa 🇩🇰), 10 de Julio de 1830 – París (Francia 🇫🇷), 13 de Noviembre de 1903.

Camille Pissarro es considerado acertadamente como uno de los fundadores del Impresionismo. Pintó con precisión escenas rurales y paisajísticas de Francia, siendo además uno de los maestros de grandes artistas reconocidos de la historia del arte en general y del Impresionismo y Postimpresionismo en particular como Gauguin, Renoir o Cézanne.

Paisaje tropical con casas rurales y palmeras (Circa 1853).

Dos mujeres conversando junto al mar (1856).

Camino en el bosque (Circa 1859).

Colina Jalais, Pontoise (1867).

Camino de Versalles, Louveciennes, sol de invierno y nieve (Circa 1870).

Castaño en Louveciennes (Circa 1870).

El bosque de Marly (1871).

El Sena en Pont-Marly (1872).

Entrada a Voisins (1872).

Huerto en flor, Louveciennes (1872).

Naturaleza muerta con manzanas y peras en una cesta redonda (1872).

Autorretrato (1873).

Campo de coles, Pontoise (1873).

El gran nogal en Hermitage (1875).

Otoño, camino a través del bosque (1876).

El jardín en Pontoise (1877).

Primavera, ciruelos en flor, Pontoise (1877).

Techos rojos (1877).

Camino en el bosque, Pontoise (1879).

El carro de heno, Montfoucault (1879).

Camino al pueblo en Auvers (1880).

La siega del heno, Éragny (1887).

Puesta de Sol en Éragny (1890).

Atardecer y niebla, Éragny (1891).

Jardín de Kew (1892).

Mujer desnuda en un interior (1892).

Otoño, álamos (1893).

Prados de Éragny, el manzano (1894).

El huerto en Éragny (1896).

El Boulevard Montmartre en una mañana de invierno (1897).

Rue Saint-Honoré por la tarde, efecto lluvia (1897).

El Boulevard Montmartre de noche (1898).

Plaza del Théâtre-Français, primavera.

Jeanne “Cocotte” Pissarro leyendo (1899).

Mañana Sol invernal (Circa 1901).

Siega del heno en Éragny (1901).

Autorretrato (1903).

Barco entrando en el puerto de Le Havre (1903).

 
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Publicado por en 11 julio, 2018 en Arte, Cultura

 

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Ruinas del Convento do Carmo

Ni siquiera la destrucción acaba para siempre con la belleza de la piedra eterna.

Fotografía y retoques por La Exuberancia de Hades (Lisboa).

 

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Lucifer

Puñados de certezas arrojados a la cara con la promesa exacta de que todo lo que empieza acaba, y en tus manos simplemente está la oportunidad de dar un óptimo fin a lo inevitable.

Esta vez el refugio no llega entre las fauces de la oscuridad. La penumbra ciega y nos arrojamos a los brazos de luz, ardiente y plena, como un Sol de madrugada incendiando la noche.

Allí, donde cada palabra no es medida al extremo ni sometida a un riguroso interrogatorio sobre su significado y la reacción (des)medida ante ella, allí es donde vamos a ocultarnos por fin.

A resguardo del bochorno del corazón y el chaparrón de los párpados que sin dueño, entregan sus desvelos a un destino radiante de infinito blanco con ánimo de eternizarse.

Ocupamos hoy el lugar de Lucifer, destronando a la más bella Aurora jamás contemplada por una obra maestra del desastre que retrata nuestros rostros con el ojo de Bouguereau inflamado en inspiración, y es que académicamente somos demasiado imperfectos.

Las puertas del Infierno quedan ya muy lejos, no escucharemos más las voces del averno o quizá es que finalmente no nos percataremos de que todo empezaba y acababa en nosotros mismos, así pues olvida esta soberbia ahora que no somos nada más que rayo y reflejo.

Es el silencio el que marca el ritmo de los latidos, la paz acompañada por las ganas de no decir nunca adiós se aferra, se enrosca, se niega ante sí misma. Queda mucho por aprender, por eso guardemos un minuto de silencio por la reflexión que ansiamos y nunca llega.

Un amanecer ardiendo, lo único que pedimos, que no quede nada, sobre todo consumir los recuerdos que engalanan de deseo y de ganas de caer una vez más entre llamas como lenguas y fuego como piel. Contemplemos atentos, pues alas blancas ya nos rodean a la vez, ¿serán capaces de unirnos hasta la eternidad?

William Blake – Satán en su gloria original (Circa 1805).

 
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Publicado por en 27 junio, 2018 en Arte, Mis Relatos

 

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William Blake

Londres (Reino Unido 🇬🇧), 28 de Noviembre de 1757 – Londres (Reino Unido 🇬🇧), 12 de Agosto de 1827.

Poeta, pintor y grabador, William Blake al igual que otros artistas fue poco conocido en vida pero muy valorado en la actualidad. Su obra pictórica posee rico simbolismo y se encuentra en ella semejanzas e influencias de Miguel Ángel, sobre todo en el volumen de sus figuras. Considerado en su época como un iluminado religioso, fue en realidad un artista visionario y una de las figuras más importantes del arte y la literatura inglesa.

Oberón Titania y Puck con hadas bailando (1786).

El Anciano de los Días (1794).

Elohim creando a Adán (1795).

La canción de Los (1795).

Hécate (Circa 1795).

Ángeles buenos y malos (Circa 1795 – 1805).

La casa de la muerte (Circa 1795 – 1805).

Nabucodonosor (Circa 1795 – 1805).

Libro de Job (1800).

El blasfemo (Circa 1800).

La muerte de la Virgen (1803).

El Gran Dragón Rojo y la mujer revestida en Sol (Circa 1803 – 1805). *Más información aquí.

Los veinticuatro ancianos dejando sus coronas ante el trono de Dios (Circa 1803 – 1805).

Newton (1804).

Escalera de Jacob (1805).

Cristo en el sepulcro custodiado por ángeles (Circa 1805).

El enterramiento (Circa 1805).

El Gran Dragón Rojo y la Mujer revestida con el Sol (Circa 1805).

El Gran Dragón Rojo y la Bestia del Mar (Circa 1805).

El número de la bestia es 666 (Circa 1805).

La Crucifixión (Circa 1805).

San Miguel encadenando a Satán (Circa 1805).

Satán en su gloria original (Circa 1805).

El alma flotando sobre el cuerpo (1805 – 1808).

El fantasma de la pulga (Circa 1819 – 1820).

El Diablo cubre de pústulas a Job (1821).

Cerbero (1824 – 1827).

Las harpías y los suicidas (1824 – 1827).

Abel (1826).

La Resurrección de Lázaro (Desconocida).

 
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Publicado por en 13 junio, 2018 en Arte, Cultura

 

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Cementerio de reyes vikingos

Las puertas de Hel retumban al abrirse entre un estruendo bombástico, es el reino de la infamia el que se vierte desde el abismo hacia el exterior, trayendo consigo una sensación generalizada de pesadumbre ante el épico final que se avecina.

Por el río de la muerte fluyen ya ecos de recuerdo, el de la gloria incandescente que hace arder la avaricia e inflama las ganas de ser destruido entre un mar salvaje de mentiras y acuerdos rotos como corazones que pierden la virginidad ante la traición más cruda.

Y cuando el reloj de arena expire, los cielos se volverán negros como denso plumaje de cuervo, nada importará, no habrá victoria cuando la derrota máxima se cierna sobre todo y todos. Sólo acuérdate en qué rincón guardaste tu última esperanza porque falta nos hará encomendarnos a ella.

En el Náströnd, los viles, la escoria, se pudrirán sobre su arena maldita mientras los tambores de guerra retumban con su ritmo arcaico en los perlados salones infinitos, allí donde sólo el honor te asegura un nombre o el olvido para siempre entre tantas profecías como certezas.

No queda tiempo, seremos historia de un pasado demente que olvida que no hay presente sin raíces hondas que sustenten el pesado y ambicioso futuro. La primavera parece hoy tan lejana en este invierno triple que soñar se antoja utopía, y la miel que calme las heridas un precioso sueño inalcanzable.

El cementerio de reyes vikingos será el trágico y postrero destino, congelado y absorto en un tiempo que no es el suyo, yace desierto de gloria e inundado en silencio, sólo roto por la lacerante ventisca que trae entre sus latigazos helados una súplica: No nos olvidéis, no nos olvidéis al llegar el último final.

Se desenrosca la serpiente, el lobo aúlla, el suelo tiembla, ya está tronando.

“Festr mun slitna, en freki renna – Las cadenas se romperán, y el lobo correrá libre”.

Völuspá.

Johann Heinrich Füssli – Thor luchando contra la serpiente marina (1788).

 
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Publicado por en 30 mayo, 2018 en Arte, Mis Relatos

 

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