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Archivo de la etiqueta: Expresionismo

De lo efímero

De lo efímero de su recuerdo, de su breve pasada como eclipse en el corazón, al modo en el que los poetas decadentes echan de menos el último trago de absenta al amanecer. La realidad ya se deforma con el postrero suspiro de su recuerdo.

Es como un abrazo inacabado a la tumba de la memoria perdida o el sabor olvidado de su presencia añorada y desesperada en agonía. Un beso con dolor a espinas de rosa clavadas en el cuello, el licor escarlata se vierte inapelable como lágrimas en cascada.

Esas caricias, tan íntimas como inesperadas, esas miradas, tan intensas como superficiales. Finalmente se hizo la verdad tras el denso telón que ocultaba su negro corazón momificado y el firme propósito de arrastrarnos a lo más hondo de su ocaso.

Es fugaz y no por ello menor lo certero del devenir de acontecimientos, del infierno llamando a la puerta y de la noche en llamas. Es un ocaso terrible del que enamorarse y morir después, aquí servido como una carta de amor y malicia a partes iguales.

Con un sentimiento en ruinas y una mente esquizoide, de aquí a la Luna de un gesto; su recuerdo a modo de tatuaje en el corazón, pleno de dolor y de lo efímero de su momento, interpretado como aquel sueño que se esfuma al despertar.

Y con él tu último resquicio de esperanza.

Alfred Kubin – El fin de la guerra (1920).

 
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Publicado por en 25 marzo, 2020 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Franz von Stuck

Tettenweis (Alemania 🇩🇪), 23 de Febrero de 1863 – Munich (Alemania 🇩🇪), 30 de Agosto de 1928.

Artista completo, pintor, grabador, escultor y arquitecto, Von Stuck destacó principalmente en pintura, siendo muy famoso en vida por su estilo personal de figuras poderosas inspiradas principalmente en la mitología. Tras su muerte, cayó en el olvido durante la época de la Primera Guerra Mundial, gozando de cierta fama años cuando los nazis se apoderaron de Alemania y fue citado como ejemplo de los valores germanos. A partir de 1960, ha sido reconocido justamente como el gran artista que fue.

La caza salvaje (1887).

El Guardián del Paraíso (1889).

Estanque de truchas (1889).

Lucifer (1890).

Perdido (1890).

El asesino (1891).

El pecado (1893).

El beso de la Esfinge (1895).

Amazona luchando (1896).

El balancín (1898).

La caza salvaje (1899).

Romance (1900 – 1902).

Amazona herida (1903).

Esfinge (1904).

Lucha por la mujer (1905).

Salomé (1906).

Infierno (1908).

Disonancia (1910).

La danza (Circa 1910).

Retrato de Gertrud Littmann (1911).

Estrellas fugaces (1912).

Circe (Circa 1913).

Hércules y la Hidra (1915).

Retrato de Mary en una silla roja (1916).

Gólgota (1917).

Sísifo (1920).

Pigmalión (1926).

Viento y ola (Circa 1927). *Obra inacabada.

 
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Publicado por en 18 marzo, 2020 en Arte, Cultura

 

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Opaco, herido y decadente (Y tenía corazón)

El ritmo de una noche en picado desciende en barrena sobre el ánimo, siempre tan a medio camino entre la gloria y la inmolación. Es cruel pensar que nada tendría sentido sin estas llamas carbonizando cada resquicio de piel sin cicatrices, nada, salvo tu corazón.

Vacíos, a resguardo de la nada que tanto empatiza con aquellos que yacen acabados sin esperar el tren que nunca pasará. Nos aceleramos, creemos que podremos sobrellevar estas veinticuatro horas con sabor a infierno en las lenguas y a miedo en tu mirada.

El fantasma que deja su perfume de cripta en derredor, visita cada noche el bosque de ahorcados por amor, cuya espera desintegra la esperanza, sin más intención que la de acabar contigo, en silencio, a media noche y duermevela. Estamos implicados en una oda a la vorágine.

Esta deliciosa penumbra desnuda nuestros deseos, y en ninguno de ellos estás tú. Como un recuerdo remoto al que cuesta un océano trasladarse, es la memoria que niega la evidencia de la férrea sangre en las manos y el dulce carmín en los labios morados.

El otoño, opaco, herido y decadente arrastra el odio paso a paso hasta la abandonada tumba de la indiferencia, alegre por ser el centro de atención de un paraíso en llamas y un Hades aterido de la imposibilidad de remontar de semejante destrozo silente.

Ya viene, siempre solícita, la noche de lluvia que pregunta si ella tenía corazón, o solamente fue el recuerdo el que destapó por un evasivo instante el cofre de las esencias olvidadas y el consiguiente diluvio de lágrimas al descubrir la polvorienta verdad. Viene para quedarse.

Como un rito inacabado o una plegaria a la nada en el desierto, la verdad se antepuso a todo. ¿Ella tenía corazón?, sí, y tenía corazón, pero también el mío, y eso ya es para siempre.

Edvard Munch – El beso de la muerte (1898).

 
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Publicado por en 6 noviembre, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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De silencio (y otros amantes)

Noche de tragedias sin un amanecer a la vista para calmar a las pesadillas. Ya se desliza entre tus dedos el deseo de cambiar las huellas del pasado sobre la piel, sobre el corazón.

De silencio (y otros amantes) tratan estos requiebros sentimentales, de conversaciones a destiempo y caricias inesperadas que lo cambiaron todo para siempre.

Hablar, compartir la soledad de la tumba en un beso robado a la desesperación de esta agonía que impoluta quiebra nuestra espalda hasta derrumbarnos nos haría recordar, otra vez.

La memoria fallida de unos momentos basados en la aspiración de ser estrellas en un universo de agujeros negros, odiamos lo que somos, sin dejar de aspirar a aquello que no podemos ser.

En la vieja guarida de conejos ya no hay nada más que abandono y magia fallida, esas reminiscencias que espectralmente vuelven una y otra vez para dañarte allí donde más nos duele. Es el frío tan aterrador que nos separa, es ese veneno que nos empuja hasta el fin.

Si el amor es la única pregunta, ¿de dónde viene tanto destrozo? Fragmentos de corazón roto como respuesta al interrogante de qué filo será el que cortará nuestras venas.

Como zafiros sin pulir son estos ojos que claman al cielo una miserable oportunidad entre la ventisca arrolladora de su recuerdo, cada vez más diluido y sangrante.

Queremos que estos ecos dejen de retumbar a destiempo, arrítmicos, perdidos, como un metrónomo hipnótico de pupila y labios sabor ceniza al anochecer. Amor, nos encomendamos al fuego y no hay salida salvo la de acabar derrotado en tus brazos y en la paz de tu piedad.

Es una declaración de intenciones no perder más el tiempo en compañía de la nada que palidece en la esquina de su memoria perfecta, tan a medida de su indiferente mirada.

Querremos querer un día, sin percatarnos de nuevo de haber perdido la cabeza allí donde no la podremos encontrar rebuscando en arcones vacíos y romances sin fuego.

Estos instintos de pasión por sublimar, el decreto implacable que vende nuestra alma al mejor postor y los besos a la mayor gloria de la nada en su trono de dolor y alas rotas.

Y en este surrealismo con tintes de descontrol llega otro amanecer, aunque nosotros en realidad busquemos algo más exquisito y único, eclipsarnos (uno en el otro).

Franz von Stuck – El beso de la Esfinge (1895).

 
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Publicado por en 28 agosto, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Nació del dolor

Nació del dolor, de mi último reducto de cordura atado con hilo de oro al desastre. Y ahora que mi verdadera cara quedó al aire, dame paz total, de negro y opaco luto, para que no vuelva más a contemplarme abriendo tus heridas.

Derrotado e inane, como un héroe que lo dio todo para al final ser víctima de las falsas expectativas. Así se vislumbra un futuro sin obstáculos, sin misterio, sin mí; por mucho que rece tus lágrimas no se pueden borrar, ni dejan de saber a mi nombre.

La verdad nunca será presuntuosa por mucho que desnude con cruel eficacia y exactitud cada centímetro de realidad. Así que respeta esta voluntad superior que hoy nos arranca del más cálido de los abrazos, aunque no queramos.

El pasado actúa como navaja roma, notas la presión, pero cuando llega el momento de derrumbarse, lo acoges simplemente con una sonrisa en los labios y el corazón roto. Y es que la sangre de estas manos no se limpia, igual que los recuerdos no indultan nuestra pena.

Perdona si en algún momento quise tocar la Luna y quedarme en ella teniendo al Sol a mi lado. Sobran palabras y hechos no tengo, deja que parta por si un día puedo volver a ser lo suficientemente bueno como para volver. Qué decir, (lo) Siento.

Léon Spilliaert – Autorretrato ante el espejo (1908).

 
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Publicado por en 27 marzo, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Hubo que decir que no

Hubo que decir que no en el mismo instante en que el cabaret de cuatro paredes en el que nos habíamos visto tan (des)envueltos se desvistió de alegría para tornarse en un cadáver sin rumbo que era incapaz de dar una respuesta a tanto silencio incómodo.

Hubo que decir que no por la salud mental, por el corazón impaciente, convaleciente y hastiado. Las palabras, los gestos, ausentes cedieron su trono al olvido, sin resentimiento, pero también sin ganas. Diluido todo en un pérfido juego del gato y el ratón en el que la oportunidad perdida devora a ambos protagonistas.

Hubo que decir que no, sin prisa, con el desgaste de un calendario que día a día entregaba una lápida más que amontonar sobre la ilusión y el tedio a partes iguales. Esperando o desesperando, dos caras de una misma moneda oxidada, tornando este bloqueo emocional en ganas de perturbar tu corazón helado al ritmo de la noche.

Hubo que decir que no, sin arrepentimiento, ni como un órdago a lo impensable, que por creer serlo, se presentó con vino y flores a las puertas de nuestra mesa reservada. Persistieron las ganas, desnudas de entusiasmo, quedó el cielo como meta y el Tajo como límite en el que ahogar lo tóxico de la impaciencia.

Este hueco que quedó se inunda, día a día, litro a litro, el silencio que regalaste es un motivo más para poner en cuarentena tu tacto deliciosamente despreocupado y sutil. Corazón, unas veces se dice adiós, otras simplemente no hace falta.

Edvard Munch – Melancolía (1894 – 1896).

 
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Publicado por en 5 diciembre, 2018 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Ebullición bajo cero

Sí, se acabó, caretas fuera y ya mismo sentimientos bajo cero. El amor se crispó en pleno acto de exaltación y no quedará absolutamente nada de él cuando llegue el alba. Íntimos y desconcertantes fueron esos momentos perdidos de dualidad y deseo compartido, y al mismo tiempo como una farsa que se representa con la única intención de caer y desbordarse en lo absurdo.

¿Qué pasó?, creo que aquí se regala silencio para de forma inútil acallar el ruido hecho por el portazo que dejó tras de sí la oportunidad perdida. Y en el fondo no hay que temer, no hay reproches, ni rostros torcidos por la sorpresa o el ácido trago atravesado que apuñala la garganta con certera indiferencia. Sólo queda ese vacío encantador que todavía es capaz de seducir con su presencia ausente.

Un vago recuerdo no calma al monstruo alimentado durante este tiempo, y aunque hace tanto que el corazón no se inmuta, cuesta creer que pueda mantenerse indiferente a esta simple y vulgar decadencia. Y al final ahí estará la incertidumbre, siempre tan hábil en desnudar cada centímetro de paciencia, como recordatorio de lo imposible.

Ahora en la noche, los segundos son ese peso acumulado que discurre entre un último vistazo al pasado y esas rendijas de luz que (quizá) se adivinan más adelante. No hay bofetada que duela y a la larga calme más que la de la sinceridad, y toca ponerla ya en escena con ese guión que hace acabar la historia en una incómoda penumbra de decepción.

Si vas ahora a levantar un muro entre ambos, al menos que mi parte dé de cara al Infierno, por si tengo la más mínima tentación de hacer memoria de por qué hemos llegado hasta aquí. Empañado y opaco ha quedado el paisaje, y es que por muy cómplice que fuese al inicio, ahora no es más que un deambular directo y precipitado a la insignificancia.

Toca perder y toca olvidar, y ambas cosas proporcionarán el antídoto ansiado, es tan fácil como añadir unas gotas de insensibilidad a esa desatada poción de erróneo latir. Y si algún día vuelves a verme, no sentirás nada más que frío bajo tu piel y calma en la sangre que hace tan poco tiempo decía estar en ebullición. El corazón dijo NO, y yo le aplaudo (irónicamente).

Edvard Munch – Separación (1896).

La ausencia es al amor lo que el viento es al fuego; apaga el pequeño, enciende el grande.

Roger de Rabutin.

 
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Publicado por en 24 enero, 2018 en Arte, Mis Relatos

 

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