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La cena de los espectros

Silencio, sólo silencio, desgranado en mentiras y versos lánguidos de épica y heroica obsoletas. La mansión, lugar de cita y drama, está vacía (de vida); relojes parados y polvo acumulándose como sueños rotos en estanterías vacías y suelos inmundos. Recuerdos que olvidan su lugar en el tiempo, marchito y oscuro es esta perseverancia de la nada.

A la mesa desconchada del comedor del principal, siete sombras sentadas, sin voz, sin más demora que la que tarde la madrugada en presentarse de cuerpo presente, con esa espesura casi líquida que ahoga temperamentos y nos arrastra a un estado de melancolía general, tan bella como implacable.

No hay miradas tras cuencas vacías, no hay palabras tras bocas sin lengua. Sólo hay una cosa cristalina y es la certeza total de que la propia caída a los infiernos será con las trompetas tras de sí anunciando este epílogo. Son siete historias para siete retratos de miseria y perdición, amargos pero con esa suavidad que sólo el toque de una musa moribunda podría otorgar.

Lo irrefrenable, ese impulso que carcome hasta quebrar, se hace paraíso al recordar la piel pálida sobre la que manos y lengua se deslizan en un ir y venir de sombras proyectadas de lujuria. El desenfreno observa pues tras la puerta el resultado de su obra, el ascenso hasta el Sol que explota, y como todo dios que se precie por un instante, la caída posterior al reino de los olvidados. ¿Hasta cuándo liquidaremos el corazón por besos fugaces perdidos entre seda y locura?

¿Sobre qué trono se asientan los impulsos?, ¿sobre qué estómago se deslizan las más jugosas y sugerentes mentiras? Y es que tragamos, sin pudor, siempre hambrientos, arrinconando la templanza en el hueco más degradado de nuestra propia incontinencia, allí donde la incertidumbre pende de un hilo y la gula se acopla a todo un infinito incierto que la alimente de aquello que desea. Cuando la noche es horror y el día aquella lejana luz que nos libera.

Y es que somos antiguos reyes muertos, nuestra avaricia es una joya en sí misma engarzada al corazón. Bajo sepulcros de alabastro reposa el peso de lo inmisericorde, al otro mundo navegó un alma anclada en la sed de reliquias y fortuna, ahora desnuda se encuentra perdida de todo lo que alimentó durante años de búsqueda y poder que se deshacen ante los ojos como castillos de arena arrastrados por la marea de la frustración.

¿Y si caemos ya tan acabados y hundidos en este lugar?, ¿y si no hay más ganas de protestar ante la majestad de lo inevitable? ¿Para qué mover un dedo si el mundo te aplasta con su brazo de plomo? Y así el lecho frío se torna en hogar, la habitación en mundo, y todo sentido que hubiera antes de este desmoronamiento se hace mera casualidad ante la desdicha que atenaza, la pereza que hunde y aprisiona con excelsa venganza.

Quizá en algún resquicio oculto, el orgullo pretenda reaccionar ante tantas desdichas y penurias que se eclipsan ante un carácter explosivo e irrefrenable surgido de los avernos de la conciencia, para cercenar con ira manifiesta todo aquello que se interpuso un día en el camino marcado y decidido. Con gesto de rabia, sin discernir entre amigos y enemigos, cegados por la supernova de la sinrazón en este auténtico funeral masivo de la cordura.

Cuando todo avista el camino final, las reflexiones se solidifican, los sentimientos concentrados tienden a la reflexión, ¿qué habría sido de mí si…? Rápidamente los ojos se posan en caminos paralelos, la atención enfoca y es entonces cuando al ver otros pequeños mundos emerge de las aguas oscuras de la conciencia una puñalada envenenada… Yo quiero eso, vivir así. Llámame envidia, erosionaré tu buen sentir hasta la raíz.

Se acerca el alba y una vez más no hemos aprendido nada, puesto que aquí sólo nos deleitamos con los sinsabores de la marca original de cada uno, con el descrédito sobre los hombros de siglos en los que cada noche es de difuntos, de Noviembre esquelético y afilada escarcha. Somos únicos, esbozos casi invisibles de realidades extremas y en un último gesto, de soberbia quizá, desaparecemos sin rastro de rencor.

Olvídanos, haz como si nunca nos hubieses conocido y todo acabará como empezó, entre recuerdos ahogados por el polvo y silencio, pero con la sensación de ser libre por fin. Tú decides si amanece.


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Publicado por en 25 octubre, 2017 en Mis Relatos

 

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Sobre pociones de amor y olvido

Aquí no tenemos pociones para corazones rotos;  y es que podríamos pasar la vida buscando los ingredientes, la mezcla perfecta para dejar de caer en tromba hacia el suelo y no la encontraríamos. Conocer esta verdad destroza desde la férrea voluntad marcada por oídos sordos y palabras engoladas de miseria lúgubre y falsa sonrisa.

Ríe aunque vas a morir en la orilla, sin remedio, tienes un objetivo pero tu propósito ni te necesita ni te espera. Entiéndelo porque aunque no haya nada personal en esto, la última estocada que recibirás vendrá con placer en la ejecución y el desenlace, principio y fin para que el olvido acabe agrandándose ante tus ojos.

¿Y ahora qué?, la voluntad y lo inamovible se besan, eso sí que es amor (por la destrucción). Nada más lejos de la propia nada, recolectando limbo, precipicio, caída infinita… Vértigo y soberbia unidos en un baile de cadáveres sin tumba ni reposo en este caos desencadenado por una idea y una fogosidad tan intensa y breve como la llama de una cerilla.

La única certeza llegados a este punto, es rezar a lo prohibido, anhelando lo que tanto y tan firmemente te han negado. Más allá del bosque, donde las ruinas góticas ocultan altares profanados de sangre para los infiernos e ira para los cielos; sí, aquí. Reposa tu enajenación y deja que los espectros olvidados susurren su dulce calvario en tus oídos.

Y serás un ciego hablando para sordos, atesorando tiempo perdido y frustración, ambas alzándose como una plaga bíblica. Un día más sin ver más allá de tu orgullo herido, mientras tu derredor es un erial de corazones rotos; a cada uno de ellos le regalaste un agravio y ahora te van a pagar con (su) dolor y una sonrisa en tu caída.

Al final todo se centra en saber (querer) olvidar a tiempo.

Evelyn de Morgan – La poción de amor (1903).

 
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Publicado por en 18 octubre, 2017 en Arte, Mis Relatos

 

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Apokálypsis

Ya está, las trompetas del Apocalipsis retumban en los cielos para desgarrar cordura y serenidad a partes iguales, para hacernos recordar la llegada de lo tan imposible como esperado. Y es que en mitad de tiempos de tribulación, la única certeza es que la ira acumulada de eones acabará derramándose sin piedad sobre nosotros.

Siglos de mentiras y lenguas bífidas inoculando su veneno entre soflamas inquietantes para oídos débiles y mentes hechas para la esclavitud, sin capacidad alguna de ver al demonio creciendo  tras tantas palabras disfrazadas de belleza cautivadora y mortal certidumbre. Cuando lo inevitable sonríe, nosotros sólo podemos más que asentir.

Es una revelación, estamos hechos para ser destruidos, y cuando nuestros cadáveres calcinados y petrificados yazgan en el suelo como un recuerdo pompeyano de nuestra propia torpeza, el silencio se apoderará de la escena y en el teatro de los sueños (pesadillas) sólo se representará la obra de la nada, cuya escena final es la de la propia extinción.

Deja que reine la paz tras la destrucción, el sigilo tras el ruido ensordecedor, sigilo que ya se desliza tras las cortinas mecidas por el viento gélido, como testigo fugaz de un arrebato con sabor a melancolía, de propósitos insatisfechos y agoreros cuyas predicciones retumban con el eco de pesadas goteras en nuestra conciencia.

Todo explotó, se derrumbó el telón y nos atrapó bajo su peso, nos silenció, sí, pero con una sonrisa en los labios, ya que no hay nada más directo, preciso, justo y uniforme que un Apocalipsis. Y si hay redención más allá de lo carnal, será momento de buscarla entre ruinas olvidadas y marchitos bosquejos de insólita brillantez.

Amor mío, mira cómo la noche se diluye entre sinfonías lóbregas de nostálgica belleza, para así devolvernos un resquicio de esperanza por el que mirar y observar que no sólo el Sol nos devuelve a la luz sino también las palabras adecuadas en el momento preciso, en el corazón adecuado. ¿Podremos volver a soñar sin miedo?, ¿podremos despertar por fin?

Miénteme, pero dime que sí.

Ilustración por Zdzisław Beksiński.

 
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Publicado por en 11 octubre, 2017 en Mis Relatos

 

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Trató de devolver su corazón a la vida

En páramos secos y pérfidas áreas de olvido, debate la soledad sobre el método más acertado de cercenar las esperanzas, siempre por supuesto a medio camino entre dialéctica vacía y recargada inspiración. Constantemente buscando el hueco por el que enviar la flor acertada que llegue hasta ella, la carta anónima por debajo de la puerta que haga estremecer.

Porque el tiempo se divide entre lo compartido y el tedio hasta volver a enterrar la espera entre sus brazos. Ciertamente es un crimen no guardar todos estos tesoros bajo llave y aunque vivir de recuerdos es una manera de revivir, llega un momento en el que los sentimientos se licuan y se deslizan como hiedra salvaje por ese muro impertérrito que se propuso separarnos.

No hay elixires de felicidad extrema, ni cenizas que se recompongan en lo que se ha perdido. Si el destino está entre las manos, ¿por qué tantas ansias por escapar? Ícaro ya demostró la gravedad de querer acercarse al Sol. Y es que la luz perpetua es una penitencia, porque en el fondo es preferible descubrir las imperfecciones en total oscuridad a cegarse de brillantez.

Sin más invenciones ni exquisitos despropósitos, la noche se hizo fuerte entre muebles viejos y recuerdos carcomidos, cada vez más presos tanto de la amnesia como del polvo. Revivir en paisajes desolados es por tanto un acto de misericordia que las tinieblas tienen a bien de degustar sin alardes, tan sólo sosteniendo un viejo cráneo entre las manos: Ser (por fin) o no ser, el uno para el otro.

Cerrando los ojos, escuchando el ulular del viento, estremeciéndose con la corriente que revoluciona las pesadas cortinas, la (fría) cena ya está servida para comensales de espectral naturaleza. Así es como la belleza se filtra en los huesos, con elegante penumbra y cadavérica quietud, alzando y hundiendo los brazos en la furiosa tormenta que se ha de desatar.

Finalmente la historia cuenta que trató de devolver su corazón a la vida de noche, cuando las poesías cobran más sentido, siempre de negras galas e impía voluntad. Cuando las tormentas insuflan vida a carne entumecida y mente congelada en tiempos marchitos destinados a florecer (en otoño) por fin. Ella, mis tinieblas favoritas.

 
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Publicado por en 13 septiembre, 2017 en Mis Relatos

 

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De negro y rojo

De nuevos propósitos se alimenta la esperanza, de esbozos con letra luminosa en los que plasmar pensamientos trágicos y grandilocuentes. Negro y hueco es ya la esquina en donde guardamos el corazón para no volver a acordarnos de él hasta el día que falte y la conciencia se despedace en miles de fragmentos hirientes como cristales rotos.

De negro y rojo son estas cicatrices despertadas a mayor gloria de la tragedia, tan vívida allí en mitad de la oscuridad donde necesitaríamos un guía para no hacernos uno con el soplo plomizo de la nada que tanto y tan bien susurra en aquellos oídos que desean ser salvados por un refugio que promete condenación tras el rescate.

Tanto miedo para en definitiva ser hoy víctimas de nuestra propia cobardía, tantas maquinaciones hacia horizontes anexos que no te diste cuenta de que tu palacio ya se iba desmoronando entre el peso del tiempo perdido y una insoportable falta de madurez regada en embriagadora autocompasión.

Si esto va de colores y sentimientos, elijamos el negro para no ver que más allá de la máscara de perfección se esconden pedazos de insensata penuria. No pequemos de ingenuidad, no caigamos en el desagravio de un recuerdo distorsionado por el tiempo y la distancia que nos alejan de esa cordura tan impuesta por la cordialidad.

Porque mientras la hiedra comienza a envolver con su frío abrazo el mármol desnudo de una tumba abandonada, nuestra integridad se resquebraja como hielo de glaciar, somos pues antiguos recuerdos congelados en un momento preciso del tiempo en el que toda la sangre parecía fluir hasta el corazón.

 
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Publicado por en 17 agosto, 2017 en Mis Relatos

 

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Tenebris

Es oscuridad lo que traspasa tu ventana, lo que incide en tu núcleo del dolor y derrama después las lágrimas que creías olvidadas. Todo cae, el suelo se profana con los huesos de los ángeles del Apocalipsis, negros como el carbón que mantiene encendido el fuego del infierno.

Y es que somos paisajes desolados en universos de silencio y quietud, reclamos para una espesura que fluye a paso lento. Quedan rincones olvidados en los que descansar los ojos de tanta nada, cargando pesadamente sobre los párpados los recuerdos de un pasado ignoto.

Callamos puesto que no hay nada que decir, y si el ánimo de los labios es el de dibujar un susurro en el viento helado, que pase desapercibido como una estrella negra en mitad del vacío, como espectros en noches de Morfeo.

Estamos decididos a ser algo en la nada, a traspasar tanto silencio, aunque los dioses ya hayan caído sobre esta tundra de cenizas que cubren el atrio de la misericordia. Cuando lo negro baña todo, no hay color, ni estímulo que vibre más en estos páramos.

Desgarbados, retorcidos, entre ruinas miserables de épocas doradas al gusto de la vanidad, marchita y sin color. El cataclismo mide la conciencia allí donde ser perdió y nunca tuvo el ánimo de volver a ser encontrada. Desaparecimos sin querer.

No hay precipicio porque más bajo ya no se puede caer, nada se oculta bajo los pies más que promesas a medio camino y recuerdos que se desnudan entre miradas. Sin amargura, sin sabor, discernimos el precio de ser dioses olvidados a los que nadie reza ya.

Nos quedan estas ruinas de silencio que están hechas para ser amadas, porque a pesar de que vaciamos el corazón hace mucho tiempo, todavía guardamos la posibilidad de llenarlo aquí. Porque podemos, porque queremos, porque no hay más remedio.

Yaroslav Gerzhedovich – The Fallen King.

 
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Publicado por en 20 julio, 2017 en Mis Relatos

 

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Madrugada

Cuando la magia se hace noche, el espacio que nos separa se estrecha, pero el infierno que nos une acrecienta las ganas de buscar una salida entre tantos recuerdos en blanco y negro. Sin más voluntad que la de entregar una semilla muerta a los albores del amanecer, encontramos las palabras precisas para hacer de este final un retazo de correcta nada con el que disuadir todo ánimo y esperanza.

La pesadilla más acertada es esa en la que te desintegras con el viento como montículo de arena, a merced de deseos insatisfechos y caricias repentinas. Todo por un fuego que no logró prender y unos labios que no dejaron de sangrar; ahora percibe mi holocausto, de esqueléticos sentimientos y fantasías incompletas que tanto. Estamos tan cerca del abismo que ya percibimos la sensación de vértigo que nos vuelca hacia la nada.

Como una arrolladora masa negra, la noche se desparrama sobre nosotros, sobrecargando nuestras ansias de perpetuar el pecado que se refleja en nuestras miradas. Corre porque ya está aquí, la desalmada incertidumbre que cubre de miseria y desengaño todos los intentos por visualizar un despertar lejos de todo este terror. Solamente habrá desaliento más allá de estos fantasmas que cercenan nuestros ríos de lágrimas.

Así es como nos deleitamos de Hades, con llamas en los ojos veneno en las caricias, con en los labios y pechos vacíos de corazón. Decrépitos como tumbas olvidadas, entre ruinas y despojos arrancamos de las estrellas las postreras fuerzas con las que desgarrar con precisión el excelso romanticismo que nos catapultó hasta aquí. Porque el ayer siempre deja un regusto amargo al arrancar un pétalo más a esta flor semidesnuda.

Guíame a través de la oscuridad, mano a mano, para creer en algo más que en este decadente camino de hojas secas y marchitos bosques. Ya está hecho, envueltos en el plumaje de Altair, ocultos de lo oculto para no volver a ver la luz que desangra este epílogo y vuelca al viento todas las hojas que hemos escrito a dúo. Cierra los ojos y aprieta los dientes porque ya llega un punto y aparte y estamos listos para romper una nueva madrugada.

 
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Publicado por en 21 junio, 2017 en Mis Relatos

 

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