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La revancha es el vivero del que nacen todos los desapegos

Y en el momento preciso, la conciencia toma por fin posesión de la realidad, enfocándose con sabio interés en el mar de dudas. Despejar las ecuaciones más siniestras y enrevesadas se convierte entonces en fácil y sano ejercicio para la mente y el corazón.

Es innecesario fingir más, las evasivas se convierten en artillería pesada y fuego implacable, y es que no hay que esperar más de donde no hubo, de donde parecía y en verdad no. Proporcionar la dosis correcta de olvido será el único y necesario acto de misericordia a practicar.

A base de gotas, una tras otra, el tsunami se hizo imparable; a base de ausencias se creó un espacio en donde colocar odio primero, impasibilidad después. Mantengámonos a la espera del momento preciso para ejecutar un acto de fe que acabe con tanta falsa incertidumbre.

Somos gladiadores del tedio por la espera eterna al hecho que nunca llega. Y es que dos mundos distintos no tienen por qué estar destinados a conocerse, sino quizá a destruirse entre ellos entre reproches que ya sólo arrancan muecas de indiferencia.

Esta decadencia haría las delicias de cualquier romántico con ínfulas de poeta embriagado de pesadillas y absenta, con una pluma tan ligera como afilada. Ya veo que Eros acertó, tu costado sangra como Venus profanada a la espera de un nuevo renacer.

Nada que temer, la revancha es el vivero del que nacen todos los desapegos, incluidos los míos. Permite marchar a lo que nunca llegó y deja un trono vacío para otro que quiera arriesgar su tiempo en volátiles deseos y esperanzas discutibles. He ahí la bendición del olvido.

Nathalia Suellen – Earth.

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Publicado por en 4 abril, 2018 en Mis Relatos

 

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Una reflexión para tu adiós

No tienes nombre, pero en tu cara veo muchos rostros (poco) conocidos, y es que llega el día en el que te percatas, cual revelación contundente, de que llega el momento de enterrar entre añicos y olvido esos vestigios de irracionalidad con semblantes a tachar.

Todo llega con conocimiento de causa, la cual se desnuda para mostrar sus cicatrices indómitas tras una sonrisa de fácil respuesta. No te preocupes, no fue nada, algo frágil y unívocamente fugaz, niebla dispersa con sabor a rancia imposibilidad, es el fin.

Aunque nos negamos a perder, no tardamos en percatarnos de que esta vez debemos ser derrotados, puesto que sólo en la pérdida seremos capaces de vislumbrar el verdadero camino tras el frondoso veto y velo de la oscuridad.

Se deslizan las palabras como los pensamientos, sin adornos, en un simbolismo raquítico que sin embargo es implacable con el corazón. Ser y destino de hábito negro y prófuga acción, redescubriendo promesas indefinidas, dando fin sin tormento, ¿lo ves? Yo ya sí.

Ciertamente, con exuberante voluptuosidad y envenenada complacencia, taponamos uno tras otro esos recovecos de locura. Y ahora que la hemorragia se detiene, queda por ver cómo ha sobrevivido la piel, el desconcierto y el alma, a tanta mácula.

No importa si no se entiende el mensaje, el corazón traduce lo que la mente lógica pone en duda por un instante. Sin más alardes que la propia y ya monolítica intención, es una reflexión para tu adiós y la única pregunta que perfora el aire es: ¿por qué tardamos tanto?

 
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Publicado por en 28 febrero, 2018 en Mis Relatos

 

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Todo al rojo

Si vienes a jugar has de saber que tengo todas las de perder, mientras que tú ganarás un muerto viviente con el corazón incendiado en excelsa llama azul.

Pero no me importa.

Y es que el precio la victoria es la destrucción, el caos y el sentimiento de condena que arrastra la inquietud entre crueles rocas afiladas.

Vienen las sonrisas, el encantamiento que se convierte en maldición, el amanecer que torna en una noche sepulcral y parece que nada llena sin ese tacto pleno.

Así de fácil, con una mala mano, una eterna desgracia. Querer no es poder, y así estamos, entre la intención y el precipicio que le precede.

Somos limbo, de palabras bloqueadas, de disimulos fugaces y efímeros momentos de veneno sin antídoto, de pesadillas sin intención de despertar.

¿Qué hacemos?, este laberinto es nuestro callejón sin salida aquí y ahora, mañana veremos, veremos cómo estamos perdidos y con las manos vacías.

Una y otra vez, jugando de antemano con la apuesta perdida, una y otra vez víctimas del destino y sus muecas de burla.

Pero no me importa.

Con todo el rencor del mundo, aquí parados en el tiempo. Seguramente no desista hasta que gane o lo perdamos todo… Yo apuesto, todo al rojo (es lo único que sí me importa).

PD: Y de regalo una mirada, de esas que digan que si hay que quemarse alguna vez así, que de mí no queden ni las cenizas.

 
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Publicado por en 14 febrero, 2018 en Mis Relatos

 

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Excelsa oscuridad, paupérrimo desamor

Paisaje de excelsa oscuridad extendiéndose como un drama de proporciones bíblicas en el corazón, ya congelado con retazos de un invierno próximo que a base de latigazos cercena el ánimo.

Se pierde la magnificencia entre momentos de locura y absenta, sin miedo a inocular en nosotros ese veneno que trae pesadillas y ecos remotos de derrota y flagelación.

De par en par las criptas abandonadas, dando la bienvenida entre brazos esqueléticos y muecas de eterno olvido, así se vislumbra en sombras este presente imperfecto.

Con el deshonor de reyes caídos en nuestra efigie gris, buscamos las lágrimas allí de donde ya no pueden fluir, porque de pozos secos alimentamos nuestra ansiosa alma.

Desmoronados y aniquilados, prestemos atención porque entre el fogonazo de un relámpago podremos ver la cara del Diablo sonriendo de forma tan fugaz como certera.

Paupérrimo desamor en el que mostramos por las tinieblas, las luces muriendo de agonía y nosotros todavía aferrados a un hilo de esperanza cuya fragilidad es manifiestamente cierta.

Apretando dientes con la rabia de los dioses antiguos, ansiando tres noches de aparente inmortalidad por toda una eternidad de infierno. Nunca fuimos buenos negociadores.

Noche en majestad, alzándose, esgrimiendo su negro y opaco filo que secciona cualquier inseguridad pasada. Nos dejamos ir, nos sumergimos, inunda hasta el último rincón con densas sombras. Paz.

Jean-Luc Almond – Janet (2016).

 
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Publicado por en 7 febrero, 2018 en Mis Relatos

 

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Ebullición bajo cero

Sí, se acabó, caretas fuera y ya mismo sentimientos bajo cero. El amor se crispó en pleno acto de exaltación y no quedará absolutamente nada de él cuando llegue el alba. Íntimos y desconcertantes fueron esos momentos perdidos de dualidad y deseo compartido, y al mismo tiempo como una farsa que se representa con la única intención de caer y desbordarse en lo absurdo.

¿Qué pasó?, creo que aquí se regala silencio para de forma inútil acallar el ruido hecho por el portazo que dejó tras de sí la oportunidad perdida. Y en el fondo no hay que temer, no hay reproches, ni rostros torcidos por la sorpresa o el ácido trago atravesado que apuñala la garganta con certera indiferencia. Sólo queda ese vacío encantador que todavía es capaz de seducir con su presencia ausente.

Un vago recuerdo no calma al monstruo alimentado durante este tiempo, y aunque hace tanto que el corazón no se inmuta, cuesta creer que pueda mantenerse indiferente a esta simple y vulgar decadencia. Y al final ahí estará la incertidumbre, siempre tan hábil en desnudar cada centímetro de paciencia, como recordatorio de lo imposible.

Ahora en la noche, los segundos son ese peso acumulado que discurre entre un último vistazo al pasado y esas rendijas de luz que (quizá) se adivinan más adelante. No hay bofetada que duela y a la larga calme más que la de la sinceridad, y toca ponerla ya en escena con ese guión que hace acabar la historia en una incómoda penumbra de decepción.

Si vas ahora a levantar un muro entre ambos, al menos que mi parte dé de cara al Infierno, por si tengo la más mínima tentación de hacer memoria de por qué hemos llegado hasta aquí. Empañado y opaco ha quedado el paisaje, y es que por muy cómplice que fuese al inicio, ahora no es más que un deambular directo y precipitado a la insignificancia.

Toca perder y toca olvidar, y ambas cosas proporcionarán el antídoto ansiado, es tan fácil como añadir unas gotas de insensibilidad a esa desatada poción de erróneo latir. Y si algún día vuelves a verme, no sentirás nada más que frío bajo tu piel y calma en la sangre que hace tan poco tiempo decía estar en ebullición. El corazón dijo NO, y yo le aplaudo (irónicamente).

Edvard Munch – Separación (1896).

La ausencia es al amor lo que el viento es al fuego; apaga el pequeño, enciende el grande.

Roger de Rabutin.

 
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Publicado por en 24 enero, 2018 en Arte, Mis Relatos

 

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L’Enfer

La almohada de la ira ahoga el amor, sin pausa pero con decisión, para convertirnos en víctimas del corazón y sus cadenas. Y cuando todo acabe (si es que algún día lo hace), vamos a descorchar el tapón del rencor y brindar con su manifiesta sensación de impotencia, esa falsa superioridad cuando se sabe que todo está hundido y sepultado bajo toneladas de propósitos y promesas estériles. Víctimas del deseo, estamos tan cerca pero ya no sentimos, y la realidad se difumina como niebla de cementerio.

No queda rincón ya en donde esparcir las cenizas de la furia, todos los sueños transmutaron en pesadillas, y todas las pesadillas se hicieron infierno para torturar piel impoluta y sentimientos virginales. Olvido para calmar, para resarcirnos de ese eco que se repite como una constante, visceral y prologado dilatando la agonía que ya se asoma a las puertas del cielo y aunque insensibilidad y cobardía suelen ir de la mano, no queda otra que entregarse a esta vorágine sin fin aparente.

Arrinconados y exhaustos, la negatividad expuesta es prosa de cáustica intención para regalar los oídos con intenciones desencaminadas y esperanzas que rinden cuenta sólo ante las llamas que las asolan. Sin rodeos, sin falsas expectativas, el incendio se ha creado y las consecuencias muestran su cara más rastrera e implacable, retrato trágico y perturbador de la calamidad cuyo nombre pronunciado es erotismo y crueldad a partes iguales. No te disculpes por cercenar con cristales rotos los hilos que nos unían a la cordura.

Quizás es que con las manos vacías y el corazón ausente del pecho perdemos la perspectiva del caos en derredor y su dulce veneno, de la oportunidad y la tentación consecuente que le sigue. Sólo una vez pidieron los muertos un efímero instante de emoción para un futuro escabroso y dubitativo, y es este, el precio para resucitar el corazón entre trompetas y ángeles caídos de reputación cuestionable. Une estas miradas con un tacto imposible y moriremos aquí mismo de embriaguez y arrebato.

Ya diluvia para redimir, condenado y ejecutado el sentimiento pervive entre las indisimuladas sonrisas de un ego desbordado. Dame, regálame ya retazos de infierno para hacer con ellos, en un acto magistral, mi propio paraíso de belleza y amargura en conyugal dualidad. No temas, viene aquello que siempre esperamos con la cautela de lo furtivo, exigiendo un par de latidos como acto de fe en pecado y comunión. Entre susurros damos la bienvenida a la noche y con ella a la llama que se desliza por nuestra espalda. Sentimos… vamos al país de las maravillas en L’Enfer.

Giacomo del Pò – A las puertas del Infierno (1703 – 1708).

 
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Publicado por en 17 enero, 2018 en Arte, Mis Relatos

 

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Entre la bohemia de cuatro candiles

Sinceramente, no te miento y es que no pensaba encontrarme contigo esta noche entre luces cálidas y recuerdos que se desentierran a sí mismos como zombis. 17 de Noviembre, y ya sabemos que 1 más 7 son 8 y de lado infinito, como los besos que se derraman en este instante entre melodías desafinadas y lenguas tan afiladas como indómitas.

A medio camino entre lo romántico y lo trágico, tan de la mano siempre como el corazón que se niega a dejar de sentir y se agarra con todas su fuerzas al último amor correspondido. Y es que estamos jugando con fuego y además pretendemos quemarnos; de cenizas están hechos aquellos que fueron los más grandes sueños, lo sabemos perfectamente.

Como un sonámbulo, aquí, entre la bohemia de cuatro candiles y un sofá con estampado pasado que trae al presente tanto y tan caro precio para el corazón. Las miradas danzan de uno a otro y Sivert ya nos seduce saliendo y sabiendo a años 60 por la vieja radio de válvulas: “En tu habitación de luz agonizante, más allá del alcance de todo, en el santuario de la noche, prefiero ser un hombre sonámbulo…” Contigo.

No sé si es que nos estamos dejando llevar mucho o quizás al mundo ya no le importan las desdichas en las que nos envolvemos para combatir los reveses del invierno que ya viene con el cuchillo entre los labios asediados de carmín rojo. Tú sólo preocúpate de no apuñalarme con tu desazón a base de medias (en las piernas) sonrisas en los labios.

Aunque la corona de la noche ya pese mucho sobre nuestras cabezas, tenemos claro que solamente siendo sombras podremos destacar en esta habitación desnuda e impasible. Damos un último sorbo a la sinrazón que fluye como elixir de goteras encima de nosotros. Te noto más fría que en el pasado, será que mi mente se agarra a ayeres añorados y a la vez se pierde entre el laberíntico presente de tu pálida piel.

Si hay que poner un colofón que sea justo el preciso momento que estuvimos buscando y al final (nos) encontramos. Aquí se seguirá contando la misma historia en toda noche de niebla y luz de gas que se precie, con ganas de seducir con el pálpito de romances en penumbra pero que por dentro dejan quemadura perpetua.

Ree Morton – To each concrete man (1974).

Fotografía y retoques por La Exuberancia de Hades (Museo Reina Sofía, Madrid).

 

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