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De lo efímero

De lo efímero de su recuerdo, de su breve pasada como eclipse en el corazón, al modo en el que los poetas decadentes echan de menos el último trago de absenta al amanecer. La realidad ya se deforma con el postrero suspiro de su recuerdo.

Es como un abrazo inacabado a la tumba de la memoria perdida o el sabor olvidado de su presencia añorada y desesperada en agonía. Un beso con dolor a espinas de rosa clavadas en el cuello, el licor escarlata se vierte inapelable como lágrimas en cascada.

Esas caricias, tan íntimas como inesperadas, esas miradas, tan intensas como superficiales. Finalmente se hizo la verdad tras el denso telón que ocultaba su negro corazón momificado y el firme propósito de arrastrarnos a lo más hondo de su ocaso.

Es fugaz y no por ello menor lo certero del devenir de acontecimientos, del infierno llamando a la puerta y de la noche en llamas. Es un ocaso terrible del que enamorarse y morir después, aquí servido como una carta de amor y malicia a partes iguales.

Con un sentimiento en ruinas y una mente esquizoide, de aquí a la Luna de un gesto; su recuerdo a modo de tatuaje en el corazón, pleno de dolor y de lo efímero de su momento, interpretado como aquel sueño que se esfuma al despertar.

Y con él tu último resquicio de esperanza.

Alfred Kubin – El fin de la guerra (1920).

 
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Publicado por en 25 marzo, 2020 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Iglesias de Madrid: Parroquia de San Jerónimo el Real de Madrid

El antiguo Monasterio de San Jerónimo el Real, conocido popularmente como “Los Jerónimos”, fue uno de los monasterios más importantes de Madrid, regido originariamente por la Orden de San Jerónimo. Junto a él existía el llamado Cuarto Real, luego ampliado como Palacio del Buen Retiro en tiempos de Felipe IV.

Del primitivo edificio subsisten actualmente la iglesia propiamente dicha y un claustro renacentista, a espaldas del Museo del Prado. El claustro sufrió un progresivo deterioro a lo largo del Siglo XIX y tras un acuerdo con las autoridades eclesiásticas, fue recuperado e incorporado al Museo del Prado como parte de la ampliación diseñada por el arquitecto Rafael Moneo. Por su actual aspecto exterior, el claustro se conoce popularmente como “El cubo de Moneo”.

La iglesia y el convento estuvieron estrechamente ligados a la vida de la Corte y la monarquía española. El templo fue escenario frecuente de funerales, juras de herederos, bodas y proclamaciones regias, siendo la última de éstas la del rey Juan Carlos I. El claustro fue trazado por fray Lorenzo de San Nicolás, siguiendo los cánones de la arquitectura escurialense. Tras años de abandono durante los siglos XIX y XX, que lo habían llevado a un estado ruinoso, y tal y como se ha mencionado anteriormente, fue incorporado al Museo del Prado como parte de la ampliación diseñada por el arquitecto Rafael Moneo, para lo cual fue desmontado pieza a pieza y reconstruido en el mismo lugar.

Parroquia de San Jerónimo el Real.

Historia y edificio.

Si bien anteriormente Enrique IV de Castilla había ya mandado construir otro monasterio de jerónimos a orillas del Río Manzanares en 1463, y poco después, en 1470 había dotado a la congregación de prebendas y privilegio para recaudar impuestos, es algo después, a finales del Siglo XV, cuando los Reyes Católicos ordenan la construcción en Madrid de un monasterio de monjes jerónimos que sirviera de aposento a la Familia Real en sus estancias en la villa. Este monasterio de san Jerónimo se realizó en estilo gótico tardío con influencias renacentistas.

Del monasterio existente hablaba el Cardenal Cisneros en 1516 cuando escribía: “El monasterio de san Jerónimo extramuros de la villa de Madrid, como está aquí la corte la más del tiempo, siempre se aposentan allí las personas reales y otros muchos caballeros de la corte”.

En 1510 Fernando el Católico reúne Cortes en el templo y en 1528, en las Cortes de Castilla convocadas en Madrid en el monasterio de san Jerónimo por Carlos I, se declaró allí a Felipe de Habsburgo Príncipe de Asturias, y fue jurado como heredero y sucesor de los reinos de Castilla, una tradición que se mantendrá hasta la de Isabel II, en 1833.

En el Siglo XVI, Felipe II amplía el llamado Cuarto Real, unos aposentos destinados al alojamiento de los monarcas y que sería germen del futuro Palacio del Buen Retiro que crecería junto a San Jerónimo “el Real”. El Cuarto Real estaba junto al lado del Evangelio del presbiterio, de tal suerte que el rey podía escuchar misa desde su dormitorio, costumbre que también es patente en el diseño y distribución del Monasterio de El Escorial.

El monasterio y el palacio anexo vivieron su época de mayor esplendor durante el reinado de Felipe IV, que hizo del complejo el centro de la vida cortesana. En el templo tuvo lugar la jura como heredero de los reinos de Castilla del malogrado príncipe Baltasar Carlos de Austria.

Durante la invasión napoleónica de 1808 (Guerra de la Independencia), el monasterio y el Palacio del Buen Retiro quedaron gravemente dañados por el ejército invasor. Como consecuencia de esto y en afán de mantener lo que quedaba Fernando VII convierte el monasterio en cuartel de artillería. Años después, Francisco de Asís, consorte de Isabel II, ordena a Narciso Pascual y Colomer la restauración de la iglesia, fruto de la cual son las torres de su cabecera, que flanquean el ábside. El complejo palaciego del Buen Retiro corrió peor suerte: sufrió tales daños que se demolió, a excepción del Casón del Buen Retiro y el Salón de Reinos.

En 1878 se cedió el templo al arzobispado de Toledo (la diócesis de Madrid-Alcalá no se crearía hasta 1885), que emprendió nuevas reformas en las que el interior fue completamente remodelado, eliminándose las tribunas del Siglo XVI.

En San Jerónimo se celebró el enlace matrimonial entre el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg el 31 de mayo de 1906. El 27 de Noviembre de 1975 el cardenal Vicente Enrique y Tarancón presidió la misa votiva del Espíritu Santo, en el comienzo del reinado de Juan Carlos I.

Nave central.

Altar Mayor.

Vidrieras.

Santísima Trinidad.

Retablo y artesonado.

A principios del actual Siglo XXI, y como consecuencia del acuerdo de cesión del claustro del monasterio al Museo del Prado, la iglesia fue totalmente restaurada, tanto interior como exteriormente. En el interior, se cambió la disposición del altar mayor, reponiendo La última comunión de san Jerónimo, cuadro de grandes dimensiones obra de Rafael Tejeo, en el ábside, y se colocó en el crucero el retablo neogótico obra de José Méndez. Se expusieron pinturas cedidas por el Prado, entre ellas, cuadros de Juan Andrés Ricci (San Benito bendiciendo el pan), Francisco Rizi (Adoración de los pastores, firmada y fechada en 1668), José Moreno (Huida a Egipto) o Antonio de Pereda. Durante las tareas de rehabilitación aparecieron pinturas murales del Siglo XVI y unos bajorrelieves, muy dañados, de estilo renacentista, en una de las capillas.

En cuanto al claustro, finales del Siglo XX, la iglesia y el vecino claustro contrastaban por su dispar estado de conservación. La escalinata del templo presentaba un buen aspecto, pero el edificio acusaba el paso del tiempo y todavía peor era la situación del claustro: sus muros perimetrales se habían desmoronado parcialmente, dejando al descubierto las columnas del interior, y la maleza crecía entre las ruinas. Una situación incomprensible para una de las zonas urbanas de Madrid más ilustres y más protegidas por la legislación.

Al barajarse la necesaria ampliación del vecino Museo del Prado, el Ministerio de Cultura desechó varias opciones y eligió como la más factible y menos traumática prolongar los espacios de la pinacoteca hacia los Jerónimos. Se recuperaba el solar del claustro, que quedaba conectado con la sede principal del museo de forma subterránea. Con esta intervención, el edificio principal del Prado (erigido en el Siglo XVIII por Juan de Villanueva) no sufría la más mínima alteración y la ampliación hacia los Jerónimos permitía cubrir el desnivel entre el Paseo del Prado y la calle de Ruiz de Alarcón.

Para la recuperación del claustro, se desmontaron una a una las piedras de sus dos pisos de galerías. Estos bloques fueron numerados y trasladados para su limpieza a las afueras de la ciudad. Paralelamente, el solar del claustro fue excavado y vaciado, quedando conectado subterráneamente con el nuevo atrio o recibidor pensado por Rafael Moneo a espaldas del edificio principal del Prado. Culminada la obra, el claustro mantiene su patio interior, con sus arcos y columnas originales, y recupera su volumen exterior en forma de cubo, a lo que debe su nombre popular. Se utilizó ladrillo rojo para las fachadas, a fin de que entonaran mejor con los edificios circundantes. Interiormente, el elemento más novedoso es un lucernario que atraviesa el edificio, desde el claustro hasta las plantas subterráneas dedicadas a exposiciones. Han merecido también elogios las puertas de bronce de Cristina Iglesias, que conectan el edificio del claustro con la calle de Ruiz de Alarcón.

Claustro de los Jerónimos en el Museo del Prado.

Fotografías realizadas por La Exuberancia de Hades (Mayo 2019).

Fuentes: Wikipedia, Parroquia de San Jerónimo el Real, elaboración propia.

 

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Conexión

Unión indisoluble.

Fotografía y retoques por La Exuberancia de Hades (Barrio Gótico, Barcelona).

 
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Publicado por en 26 febrero, 2020 en Arte, Cultura, Mis Fotografías

 

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Pandemonio

Un temblor nervioso corre por el cuerpo como lengua lamiendo el infierno de su piel. Es la sensación última ante lo inevitable, despacio, acuciando la prisa que se aguanta las ganas de reventar a golpes el cielo.

Un pasillo oscuro con vistas al abismo de su recuerdo, único resquicio con vida del dolor que un día quiso apoderarse de todo y hoy, ya en nada, se desquita entre incomprensión y esperanza a partes iguales, que no justas.

El limbo ya nos acoge extendiendo su mano desde lo más negro del caos, hemos creado un pandemonio particular con vistas al dolor, que no por ser esperado es menos hiriente y calamitoso.

Hemos dejado el lugar para el arrepentimiento muy lejos, al mismo tiempo que nosotros nos deslizamos irremisiblemente entre ecos de un pasado a pedazos. Eres tú y yo, a base de reconocer el perfil de la perdición sobre nosotros.

Estas súplicas salpicando la pared, ansia viva, marcan el momento más dulce y sincero nunca antes experimentado, entre antiguallas color ocre y aire audaz definiendo a la perpetua sentencia de perplejidad llamada amor.

John Martin – Satán presidiendo el concilio infernal (Circa 1823 – 1827).

 
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Publicado por en 19 febrero, 2020 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Creencia o adivinación

Estos baños de sangre describen con precisión cada resquicio de cordura olvidada en un clímax cautivador, mientras opaco y sincero desciende el espíritu de la verdad con las alas plegadas y el horror en los labios más dulces que jamás hayamos probado.

La victoria no es óbice para el invierno más largo nunca ante experimentado en el corazón, aquel que juró tres veces a la escarcha que enterraría hasta el último remanente de libertad bajo su aliento gélido. Aun así, sin dudar, no tardamos en besar su perdición.

Una exagerada oda de exaltación a la confusión se muestra de perfil, de mirada perdida y sentimiento conciso, al tiempo que el río de su tristeza no deja de fluir por entre tus venas. El paisaje parece prometedor entre tanta soledad (no) compartida.

La esperanza, como el elixir abandonado, se muestra con toda su crudeza, vibrando al ritmo de sus caderas. Es la perversión la que desnuda la noche, dibujando con el dedo una colina de piel y estrellas sobre la que reposar el ansia mutua.

Soñamos a base de surrealismo y tiempo perdido y derretido entre los dedos, confesiones a la eternidad y huecos vacíos en el corazón, como un rompecabezas a medio hacer, intentamos rellenar esos huecos con intentos de creer en lo imposible.

No sé si veremos llegar antes la cordura o el abismo tras su ausencia, pero no es más seguro que nos debemos a un último intento de creer o adivinar que es posible.

John William Waterhouse – La bola de cristal (1902).

 
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Publicado por en 15 enero, 2020 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Mi Instagram 2019

Un nuevo año fotográfico en el que he descubierto multitud de lugares nuevos y a la vez he visitado otros que aunque ya vistos, nunca dejan de sorprender y maravillar al mismo tiempo. También, y no menos importante, la importante carga simbólica de algunas de las fotografías que he elegido para la selección personal.

Más votadas (Enlace).

Selección personal (Enlace).

Mi Instagram: Hades_Exuberante

 

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Delicia de Damocles

Sentados en el mismo sofá, la lluvia se hizo un hueco entre ambos. El silencio, el recuerdo difuso de un piano marcando a melancolía el fuego extinto y las cenizas incandescentes. Así se marcan para siempre las historias de amor que acechan la libertad con su recuerdo.

Miradas en el limbo, corazones en el purgatorio ansiando su oportunidad para ser el fénix que renazca del repleto cementerio de sueños perdidos. Como Dante, todo un infierno de penurias buscando un único corazón igual, todo un purgatorio para hacer realidad un paraíso que se resiste.

No es melancolía si la prosa desdibuja tu sinsentido y el mío a la vez. Precisamente esta delicia de Damocles nos reafirma de nuestra perdición, de una manera u otra es el destino el que marca un destierro helado como lugar donde reposar.

El cenicero repleto de intentos impotentes de ansiedad ya se desborda de imposibilidad. Mientras tanto, la realidad tras el espejo se muestra lasciva y provocadora, puede que el objeto de deseo sea un sensual desastre y la demolición interna que ello conlleva.

En efecto, la seda sobre la piel no hace más que rozar las mismas y dolorosas cicatrices. El decadentismo como modo de vida, la escritura como esgrima de lápiz ante indefenso papel. Eso podría ser todo pero ambos sabemos que no, hagamos un imposible.

El amor se despide hasta otra con un afectuoso saludo.


 
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Publicado por en 11 diciembre, 2019 en Mis Relatos

 

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