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Archivo de la etiqueta: Gótico

Lux

De este atardecer se deduce que las llamas entre las que se consume el horizonte son ese fuego fatuo que, actuando a modo de presagio, predice la sangre que será entregada entre nuestros dedos. Como el susurro de un fantasma en la madrugada, mezclamos imprudentemente terror con el morbo a lo desconocido.

Con nuestro castillo en ruinas y el corazón en las catacumbas, la huida del Sol se hace precipitada. Agotados de tener la paciencia de soportar un instante más en el lado oscuro de la Luna, junto a todos esos espectros del pasado que yacen como juguetes rotos, paisaje de un recuerdo para no volver que siempre se expresa a gritos de rencor.

Aquí vienen ya, las constelaciones cargadas en lágrimas tan punzantes como estrellas inmersas en la noche. El único tatuaje que necesita la piel es el de los labios en la oscuridad, con el sabor tan inconfundible de los momentos que se debaten entre lo humano y lo divino. La única cicatriz sobre la piel que sea la del amor que nunca fue.

Postrados y sedientos de muerte, estos espíritus brillan con luz negra en la más profana de las noches. Es el paisaje que hemos creado entre momentos de indecisión y locura, cuando la valentía se desmoronaba, un resquicio de iluminación que volvía a poner el camino frente a nosotros, como oasis en el desierto.

Quedamos a la espera de que lo mejor está por llegar, del fulgor entre la niebla que se atreva a redirigir está esperanzadora deriva a un puerto seguro. Como dioses olvidados que se arremolinan en el torbellino de su viejo panteón, aguardando que alguien los rescate de su silenciosa irrelevancia, aguardamos, esperamos esa señal que lo cambie todo, una luz.

Andy Kehoe – Together in the Maelstrom (2017).

 
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Publicado por en 3 junio, 2020 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Anastasis

Parece que son ángeles los que han revoloteado sobre el pecado del hombre y han hendido su espada en la razón misma de la existencia. Someten y confinan la esperanza en jaulas de bronce, cuatro paredes con vista y sabor a vieja hojalata oxidada.

Mientras tanto las venas hierven, el destino partido en dos, la vista al horizonte que se detiene justo frente a tu cara. Colapsados en hastío, solos al anochecer, trenzando la corona de espinas que entronizará nuestra frente a un festín de sangre y dolor.

Hay algo en el interior que falla, una voz que resuena cada vez más fuerte en este silencio de perturbados y amantes fracturados. No para de destilarse espera entre estas palabras alzadas a un cielo impoluto mezclado de mentiras y arrebatos sinceros.

Como tú, como yo, en vilo por una llama eterna que hoy más que nunca se ve amenazada por esta lluvia inmisericorde. Caemos, nos retorcemos para levantarnos de forma mecánica y escapar, como el vampiro que muere al primer canto del gallo al amanecer.

La gloria nos dejó de lado, ya se ha sentado a nuestro lado la desgracia, festín de olvido y resquicio de pasado como menú insalubre. Te lo repetiré una y otra vez, estamos solos tú y yo, no hay nada más allá de esta mascarada infame e imprevista.

Mientras callaremos esta voz interior a tragos ingentes de autoconvencimiento de que lo peor aún no está por llegar. No se puede torcer más el gesto, es como un cuadro de Magritte donde la cara del protagonista es una nebulosa oscura con vista a las estrellas.

Aunque estos ángeles aplaudan sin parar en este incontable funeral de la esperanza, sé que las cenizas cada vez están más calientes, al final el fuego que nunca quiso morir se haya a un solo paso de resurgir del abismo más negro conocido.

Yo ya lo veo aunque no me creas, está ahí, muy cerca de ti, de mí, de ambos. Y es que era necesario volver de entre la nada para entenderlo, por fin.

Adam Burke – Bright curse (2016).

 
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Publicado por en 29 abril, 2020 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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De lo efímero

De lo efímero de su recuerdo, de su breve pasada como eclipse en el corazón, al modo en el que los poetas decadentes echan de menos el último trago de absenta al amanecer. La realidad ya se deforma con el postrero suspiro de su recuerdo.

Es como un abrazo inacabado a la tumba de la memoria perdida o el sabor olvidado de su presencia añorada y desesperada en agonía. Un beso con dolor a espinas de rosa clavadas en el cuello, el licor escarlata se vierte inapelable como lágrimas en cascada.

Esas caricias, tan íntimas como inesperadas, esas miradas, tan intensas como superficiales. Finalmente se hizo la verdad tras el denso telón que ocultaba su negro corazón momificado y el firme propósito de arrastrarnos a lo más hondo de su ocaso.

Es fugaz y no por ello menor lo certero del devenir de acontecimientos, del infierno llamando a la puerta y de la noche en llamas. Es un ocaso terrible del que enamorarse y morir después, aquí servido como una carta de amor y malicia a partes iguales.

Con un sentimiento en ruinas y una mente esquizoide, de aquí a la Luna de un gesto; su recuerdo a modo de tatuaje en el corazón, pleno de dolor y de lo efímero de su momento, interpretado como aquel sueño que se esfuma al despertar.

Y con él tu último resquicio de esperanza.

Alfred Kubin – El fin de la guerra (1920).

 
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Publicado por en 25 marzo, 2020 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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Iglesias de Madrid: Parroquia de San Jerónimo el Real de Madrid

El antiguo Monasterio de San Jerónimo el Real, conocido popularmente como “Los Jerónimos”, fue uno de los monasterios más importantes de Madrid, regido originariamente por la Orden de San Jerónimo. Junto a él existía el llamado Cuarto Real, luego ampliado como Palacio del Buen Retiro en tiempos de Felipe IV.

Del primitivo edificio subsisten actualmente la iglesia propiamente dicha y un claustro renacentista, a espaldas del Museo del Prado. El claustro sufrió un progresivo deterioro a lo largo del Siglo XIX y tras un acuerdo con las autoridades eclesiásticas, fue recuperado e incorporado al Museo del Prado como parte de la ampliación diseñada por el arquitecto Rafael Moneo. Por su actual aspecto exterior, el claustro se conoce popularmente como “El cubo de Moneo”.

La iglesia y el convento estuvieron estrechamente ligados a la vida de la Corte y la monarquía española. El templo fue escenario frecuente de funerales, juras de herederos, bodas y proclamaciones regias, siendo la última de éstas la del rey Juan Carlos I. El claustro fue trazado por fray Lorenzo de San Nicolás, siguiendo los cánones de la arquitectura escurialense. Tras años de abandono durante los siglos XIX y XX, que lo habían llevado a un estado ruinoso, y tal y como se ha mencionado anteriormente, fue incorporado al Museo del Prado como parte de la ampliación diseñada por el arquitecto Rafael Moneo, para lo cual fue desmontado pieza a pieza y reconstruido en el mismo lugar.

Parroquia de San Jerónimo el Real.

Historia y edificio.

Si bien anteriormente Enrique IV de Castilla había ya mandado construir otro monasterio de jerónimos a orillas del Río Manzanares en 1463, y poco después, en 1470 había dotado a la congregación de prebendas y privilegio para recaudar impuestos, es algo después, a finales del Siglo XV, cuando los Reyes Católicos ordenan la construcción en Madrid de un monasterio de monjes jerónimos que sirviera de aposento a la Familia Real en sus estancias en la villa. Este monasterio de san Jerónimo se realizó en estilo gótico tardío con influencias renacentistas.

Del monasterio existente hablaba el Cardenal Cisneros en 1516 cuando escribía: “El monasterio de san Jerónimo extramuros de la villa de Madrid, como está aquí la corte la más del tiempo, siempre se aposentan allí las personas reales y otros muchos caballeros de la corte”.

En 1510 Fernando el Católico reúne Cortes en el templo y en 1528, en las Cortes de Castilla convocadas en Madrid en el monasterio de san Jerónimo por Carlos I, se declaró allí a Felipe de Habsburgo Príncipe de Asturias, y fue jurado como heredero y sucesor de los reinos de Castilla, una tradición que se mantendrá hasta la de Isabel II, en 1833.

En el Siglo XVI, Felipe II amplía el llamado Cuarto Real, unos aposentos destinados al alojamiento de los monarcas y que sería germen del futuro Palacio del Buen Retiro que crecería junto a San Jerónimo “el Real”. El Cuarto Real estaba junto al lado del Evangelio del presbiterio, de tal suerte que el rey podía escuchar misa desde su dormitorio, costumbre que también es patente en el diseño y distribución del Monasterio de El Escorial.

El monasterio y el palacio anexo vivieron su época de mayor esplendor durante el reinado de Felipe IV, que hizo del complejo el centro de la vida cortesana. En el templo tuvo lugar la jura como heredero de los reinos de Castilla del malogrado príncipe Baltasar Carlos de Austria.

Durante la invasión napoleónica de 1808 (Guerra de la Independencia), el monasterio y el Palacio del Buen Retiro quedaron gravemente dañados por el ejército invasor. Como consecuencia de esto y en afán de mantener lo que quedaba Fernando VII convierte el monasterio en cuartel de artillería. Años después, Francisco de Asís, consorte de Isabel II, ordena a Narciso Pascual y Colomer la restauración de la iglesia, fruto de la cual son las torres de su cabecera, que flanquean el ábside. El complejo palaciego del Buen Retiro corrió peor suerte: sufrió tales daños que se demolió, a excepción del Casón del Buen Retiro y el Salón de Reinos.

En 1878 se cedió el templo al arzobispado de Toledo (la diócesis de Madrid-Alcalá no se crearía hasta 1885), que emprendió nuevas reformas en las que el interior fue completamente remodelado, eliminándose las tribunas del Siglo XVI.

En San Jerónimo se celebró el enlace matrimonial entre el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg el 31 de mayo de 1906. El 27 de Noviembre de 1975 el cardenal Vicente Enrique y Tarancón presidió la misa votiva del Espíritu Santo, en el comienzo del reinado de Juan Carlos I.

Nave central.

Altar Mayor.

Vidrieras.

Santísima Trinidad.

Retablo y artesonado.

A principios del actual Siglo XXI, y como consecuencia del acuerdo de cesión del claustro del monasterio al Museo del Prado, la iglesia fue totalmente restaurada, tanto interior como exteriormente. En el interior, se cambió la disposición del altar mayor, reponiendo La última comunión de san Jerónimo, cuadro de grandes dimensiones obra de Rafael Tejeo, en el ábside, y se colocó en el crucero el retablo neogótico obra de José Méndez. Se expusieron pinturas cedidas por el Prado, entre ellas, cuadros de Juan Andrés Ricci (San Benito bendiciendo el pan), Francisco Rizi (Adoración de los pastores, firmada y fechada en 1668), José Moreno (Huida a Egipto) o Antonio de Pereda. Durante las tareas de rehabilitación aparecieron pinturas murales del Siglo XVI y unos bajorrelieves, muy dañados, de estilo renacentista, en una de las capillas.

En cuanto al claustro, finales del Siglo XX, la iglesia y el vecino claustro contrastaban por su dispar estado de conservación. La escalinata del templo presentaba un buen aspecto, pero el edificio acusaba el paso del tiempo y todavía peor era la situación del claustro: sus muros perimetrales se habían desmoronado parcialmente, dejando al descubierto las columnas del interior, y la maleza crecía entre las ruinas. Una situación incomprensible para una de las zonas urbanas de Madrid más ilustres y más protegidas por la legislación.

Al barajarse la necesaria ampliación del vecino Museo del Prado, el Ministerio de Cultura desechó varias opciones y eligió como la más factible y menos traumática prolongar los espacios de la pinacoteca hacia los Jerónimos. Se recuperaba el solar del claustro, que quedaba conectado con la sede principal del museo de forma subterránea. Con esta intervención, el edificio principal del Prado (erigido en el Siglo XVIII por Juan de Villanueva) no sufría la más mínima alteración y la ampliación hacia los Jerónimos permitía cubrir el desnivel entre el Paseo del Prado y la calle de Ruiz de Alarcón.

Para la recuperación del claustro, se desmontaron una a una las piedras de sus dos pisos de galerías. Estos bloques fueron numerados y trasladados para su limpieza a las afueras de la ciudad. Paralelamente, el solar del claustro fue excavado y vaciado, quedando conectado subterráneamente con el nuevo atrio o recibidor pensado por Rafael Moneo a espaldas del edificio principal del Prado. Culminada la obra, el claustro mantiene su patio interior, con sus arcos y columnas originales, y recupera su volumen exterior en forma de cubo, a lo que debe su nombre popular. Se utilizó ladrillo rojo para las fachadas, a fin de que entonaran mejor con los edificios circundantes. Interiormente, el elemento más novedoso es un lucernario que atraviesa el edificio, desde el claustro hasta las plantas subterráneas dedicadas a exposiciones. Han merecido también elogios las puertas de bronce de Cristina Iglesias, que conectan el edificio del claustro con la calle de Ruiz de Alarcón.

Claustro de los Jerónimos en el Museo del Prado.

Fotografías realizadas por La Exuberancia de Hades (Mayo 2019).

Fuentes: Wikipedia, Parroquia de San Jerónimo el Real, elaboración propia.

 

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Conexión

Unión indisoluble.

Fotografía y retoques por La Exuberancia de Hades (Barrio Gótico, Barcelona).

 
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Publicado por en 26 febrero, 2020 en Arte, Cultura, Mis Fotografías

 

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