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Archivos Mensuales: noviembre 2019

Iglesias de Madrid: Convento Iglesia de las Carboneras del Corpus Christi

Convento administrado por la orden de monjas jerónimas, y situado en la Plaza del Conde de Miranda, con fachada a la del Cordón. Su curioso nombre de Carboneras se debe a un legendario cuadro de la Virgen Inmaculada que fue encontrado en una carbonera y donado al convento.

Según la leyenda, unos niños jugaban por la calle que desemboca hoy en la plaza del Conde de Miranda (Austrias), arrastrando un lienzo pintado, que uno de ellos había sacado de los oscuros sótanos de la carbonería de su padre. Según parece, los mozos no se habían percatado de la pintura que cubría una de las caras del recio lienzo. Pero dio la casualidad que pasó por aquel lugar un religioso franciscano, llamado José Canalejas, del convento de San Gil, que se fijó en el cuadro y descubrió en él pintado el rostro de María. Se enteró de la procedencia del lienzo y lo recogió para promover su veneración entre las personas que transitaban por el lugar. El lienzo fue llevado en procesión al convento más próximo, que era el del Corpus Christi. Este hecho está registrado en torno al 11 de Junio de 1667. Aquella Virgen fue desde el primer momento conocida como La Carbonera, y carboneras fueron las monjas y el convento.

Entrada y portada barroca.

Historia.

Fue fundado por la conocida condesa Beatriz Ramírez de Mendoza (1554 – 1626). Con el permiso de Felipe III, el 20 de Septiembre de 1605, el Cardenal de Toledo concedió a la condesa Beatriz Ramírez de Mendoza la licencia para la creación de un nuevo convento, compuesto por varias monjas procedentes del convento de la Concepción Jerónima, y que comenzaría a funcionar con el hábito y la regla de San Agustín. Está clasificado como Bien de Interés Cultural desde 1981.

Nave central.

Altar mayor.

Miguel Soria fue el arquitecto del edificio, siendo este uno de los pocos que se conservan intactos en Madrid tras más de cuatro siglos. Exteriormente sólo llama la atención su portada barroca con dintel, ya que el edificio carece de torres, campanarios u otros elementos. En el interior nos encontramos únicamente con una planta coronada por una bóveda de medio cañón. El retablo mayor es obra del escultor barroco Antón de Morales, en su zona central se ubica un lienzo de la Última Cena de Vicente Carducho.

Son célebres los extraordinarios dulces que venden las monjas de clausura como sustento. En este lugar también se cuenta la leyenda de cuando una monja fallecía se colocaba una calavera y un paño negro en su lugar del comedor, tras servir la ración correspondiente y al no ser devorada por la calavera, como es natural, dicha ración era dada a continuación a un mendigo que estuviese en la calle.

Retablo de San Antonio de Padua.

Retablo de la Virgen de las Tribulaciones.

Retablo y cuadro de la célebre Virgen Inmaculada “Carbonera”.

Cristo Crucificado.

Fotografías realizadas por La Exuberancia de Hades (Julio – Noviembre 2019).

Fuentes: Wikipedia, Esmadrid, elaboración propia.

 
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Publicado por en 27 noviembre, 2019 en Arte, Cultura, Historia, Mis Fotografías

 

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Carl Gustav Carus

Leipzig (Alemania 🇩🇪), 3 de Enero de 1789 – Dresde (Alemania 🇩🇪), 28 de Julio de 1869.

Pintor , psicólogo y naturalista, Carus destacó en el terreno del arte por su pintura paisajista bajo la tutela del gran Caspar David Friedrich, del cual se nota una gran influencia, sintiendo especial predilección por los paisajes románticos (ruinas, noches con Luna, arquitectura gótica, naturaleza). En el terreno puramente científico, originó el concepto de arquetipo de vertebrado, idea fundamental en el posterior desarrollo de la Teoría de la Evolución de Charles Darwin.

Ruinas de Eldena con cabaña en Greifswald a la luz de la Luna (1819 – 1820).

Montículo de la Edad de Piedra (Circa 1820).

Vista de Dresde al atardecer (1822).

Dos hombres ante una cascada al atardecer (1823).

El Castillo Imperial (1824).

Mujer en balcón (1824).

Pozo minero cubierto de maleza (Circa 1824).

La música (1826).

Ventanas góticas en las ruinas del Monasterio de Oybin (Circa 1828).

Habitación balconada con vistas a la Bahía de Nápoles (1829 – 1830).

Pescadores italianos en la Bahía de Nápoles (1828 – 1829).

Paisaje a la luz de la Luna (Circa 1830).

Plaza iluminada por la Luna frente a una iglesia gótica (Circa 1830).

Vista del Coliseo por la noche (Circa 1830).

Vista sobre Dresde desde la terraza de Brühl (Circa 1830 – 1831).

Noche de Luna frente al mar italiano con un lector ante una ventana gótica (1832).

Luna llena italiana (1833).

Castillo Milkel a la luz de la Luna (1833 – 1835).

Robles junto al mar (1834 – 1835).

Casa de Carus en Pillnitz (1835).

Iglesia gótica sobre copas de los árboles a la luz de la luna (Circa 1840).

Vista de Florencia (1841).

Puerto de Copenhague a la luz de la Luna (1846).

Fausto en su estudio (1851).

El sueño de Fausto (1852).

Abadía de Tintern (Desconocida).

Luna llena en Pillnitz (Desconocida).

Puerta de una iglesia gótica a la luz de la Luna (Desconocida).

 
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Publicado por en 20 noviembre, 2019 en Arte, Cultura

 

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Romanamente Roma

Roma y nada más.

Fotografía y retoques por La Exuberancia de Hades (Trastévere, Roma).

 
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Publicado por en 13 noviembre, 2019 en Mis Fotografías

 

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Opaco, herido y decadente (Y tenía corazón)

El ritmo de una noche en picado desciende en barrena sobre el ánimo, siempre tan a medio camino entre la gloria y la inmolación. Es cruel pensar que nada tendría sentido sin estas llamas carbonizando cada resquicio de piel sin cicatrices, nada, salvo tu corazón.

Vacíos, a resguardo de la nada que tanto empatiza con aquellos que yacen acabados sin esperar el tren que nunca pasará. Nos aceleramos, creemos que podremos sobrellevar estas veinticuatro horas con sabor a infierno en las lenguas y a miedo en tu mirada.

El fantasma que deja su perfume de cripta en derredor, visita cada noche el bosque de ahorcados por amor, cuya espera desintegra la esperanza, sin más intención que la de acabar contigo, en silencio, a media noche y duermevela. Estamos implicados en una oda a la vorágine.

Esta deliciosa penumbra desnuda nuestros deseos, y en ninguno de ellos estás tú. Como un recuerdo remoto al que cuesta un océano trasladarse, es la memoria que niega la evidencia de la férrea sangre en las manos y el dulce carmín en los labios morados.

El otoño, opaco, herido y decadente arrastra el odio paso a paso hasta la abandonada tumba de la indiferencia, alegre por ser el centro de atención de un paraíso en llamas y un Hades aterido de la imposibilidad de remontar de semejante destrozo silente.

Ya viene, siempre solícita, la noche de lluvia que pregunta si ella tenía corazón, o solamente fue el recuerdo el que destapó por un evasivo instante el cofre de las esencias olvidadas y el consiguiente diluvio de lágrimas al descubrir la polvorienta verdad. Viene para quedarse.

Como un rito inacabado o una plegaria a la nada en el desierto, la verdad se antepuso a todo. ¿Ella tenía corazón?, sí, y tenía corazón, pero también el mío, y eso ya es para siempre.

Edvard Munch – El beso de la muerte (1898).

 
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Publicado por en 6 noviembre, 2019 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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