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El último sorbo amargo

22 Jul

Apurando el whisky de la copa, hielo que se derrite aguando el inflamable alcohol, así, como besos de despedida que depositan un regusto amargo sobre la piel. En esta mole de mentiras y promesas vacías, los momentos de introspección marcan el punto y a aparte. El tintineo de los hielos con el cristal de bohemia del vaso despierta mis sentidos y mi inspiración dormida en nubes de algodón empapado de lágrimas que desean retornar al suelo que las lloró.

La luz es tibia, como el amante que relega sus intenciones en palabras vacuas y hechos sin posibilidad de comprobar, el corazón ni está ni se le espera. Apuro el cigarro, envenenando los pulmones, corriendo un velo de humo delante de mis ojos para emborronar mi visión, y si no veo, no siento que estás al otro lado de la puerta, sentada sobre la cama y esperando lo que nunca llega. Intento pensar pero en esta soledad que me habla en voz alta y que me deja sin argumentos, sin respuestas. Lo lamento pero no hay contestación en mis suspiros de humo.

Desde mi mortecino claustro, puedo escuchar tus latidos y soy capaz de imaginar tu rostro impertérrito contemplándose a sí mismo en el cristal que hay justo delante de ti en la habitación. Estás inmóvil, con las manos en las rodillas y el infierno de la oscuridad que posee tus labios, se va trastocando poco a poco en un rictus grotesco. La  imposibilidad se traza en tu cuarto, en el mío, separándonos para no volver a enfrentar nuestros demonios el uno contra el otro. ¡Ya basta!, no quiero recordar, calla de una vez, esto no hace ningún bien.

Casi temblando doy los últimos sorbos a la copa de whisky y apuro el cigarrillo con ansia. Segundos de indecisión antes de calmarme por fin tras unos instantes y observar la persiana bajada de la habitación y la luz entrando lánguida por sus rendijas. Sonrío de forma siniestra, no soy ningún salvador elegante, ni un héroe, simplemente un hombre derrotado antes incluso de empezar, pero incluso en el día más oscuro, daría este inmenso vacío por tirar abajo esa puerta y hacer frente a la desesperación que atenazamos como propia y recíproca.

Como un Toulouse-Lautrec de saldo, caigo en brazos de la insatisfacción, aún así tengo el suficiente genio para desde el suelo, donde me he arrojado a mí mismo, poder susurrar tu nombre hasta quedar afónico, musitando, recitando cada una de las sílabas de esta locura empapada en angustia de almíbar. Y tú, ahora de pie, impertérrita, escribiendo con pintalabios rojo sobre el maldito cristal del dormitorio: “Las buenas intenciones son irrealizable amargura. Únicamente los hechos mantienen viva la esperanza”.

Son las 8 de la tarde, se abre la puerta y te veo entrar con gesto distraído, dejando tu paraguas goteando en el paragüero. Me miras sin juzgarme y es cuando empiezo yo diciendo, “¿qué tal el día cariño?”. Y sonríes como yo. El hielo del vaso de whisky se hizo agua líquida, se derritieron nuestras fronteras, el último sorbo amargo es pasado.

Whisky puro

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Publicado por en 22 julio, 2014 en Mis Relatos

 

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