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Acantilado

01 Abr

En el borde del acantilado todo se ve mucho mejor, todo se siente muy distinto, incluso nuestro propio interior. El viento frío y húmedo del mar acariciando la cara, la fina y tenaz lluvia acosando cada centímetro de la piel e inundando el pelo que gotea como lágrimas de funeral. ¿Hay algo que ahora tenga importancia cuando las olas rompen contra las rocas y se deshacen en espuma blanca?, ¿alguna cosa puede merecer la pena entre este imperio de belleza?. Dame un cielo gris y yo iluminaré tu corazón como si miles de luminosos amaneceres explotasen como una nova dentro de tu opaco pecho.

La belleza de los tonos grises en la naturaleza, de este ritual de lluvia y escarcha, del contemplar de los segundos cuando nada más destaca en la vida, cuando no hay otro fin que asistir y pervivir en este paraíso efímero, en el que hoy no existe más deseo que hacer de lo fugaz algo eterno y anclarnos en este instante del tiempo. Dejar llevar la mente entre la marea que a nuestros pies se envalentona cada vez más con rabiosa ira, cerrar los ojos y perder la conciencia y que no importe que los minutos se escapen a toda prisa, como granos de un reloj de arena roto.

Suspiros de ventisca lamiendo las heridas, sal para hacer escocer cada una de las cicatrices de la piel y así sentir, recordar todo aquello que nos trajo hasta aquí pero teniendo bien presente que los días y las estaciones calman el dolor porque todo lo cura el tener a tus pies un mar extendiéndose más allá de donde alcanza la vista. Caer de rodillas sobre la verde y fragante hierba, extender los brazos en señal de rendición ante la belleza y luego abrazarse a sí mismo, como si se desease estrechar contra el pecho este preci(o)so instante, para que así las lágrimas no fluyan en soledad.

No es más que un acantilado pero lo es todo, la máxima inspiración, el Edén perdido durante tanto tiempo y por fin encontrado, la conjunción perfecta de elementos en el momento justo, la sensación indescriptible… ¿Cómo podremos mañana sobrevivir a esto y no morir de melancolía?, ¿nos será posible susurrar en voz baja, yo lo viví, yo estuve allí?, incluso temiendo que el recuerda desaparezca únicamente por mencionarlo. ¿Tendremos el valor de hablar de algo que debió ser para siempre?. Sí… así es, sucedió mirando al mar, en un día gris, frío y lluvioso al borde del acantilado.

Viajero ante el mar de niebla

Caspar David Friedrich – Viajero ante el mar de niebla (1818).

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Publicado por en 1 abril, 2014 en Arte, Cultura, Mis Relatos

 

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