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Maquiavélico (Dosis de fe)

22 Oct

Mi bola de cristal está desconectada de la realidad, solamente refleja el camino de un destino huérfano de verdad y que jamás va a suceder dentro de nuestro universo imperfecto, me esfuerzo y entrego pero nos hemos extraviado en el éter. Tic-Tac, el corazón está fuera de cobertura y el infierno muy cerca ya de nosotros, ¿puedes olerlo?, es el dulce azufre de San Valentín para amantes desesperados. Ya has visto como las cortinas negras de mi estudio han absorbido la frustración de miles de almas suplicando por saber un futuro oculto y una esperanza que cae por el precipicio, arrastrada por el payaso loco y decrépito de todos los circos. La dama que se apellida con la marca del amor, es una paria presa de la ignorancia que convierte filosofía en vulgar dialéctica para decadentes y está perdiendo altura, el milagro de sus alas es una ilusión que se esfuma tan veloz y en silencio, como el flash de una fotografía. Blanco y negro para los nostálgicos y rosas rojas para aquellos, cuyo corazón aún no es de piedra y pueden sentir ese elixir de gloria corriendo por sus venas cansadas y agrietadas.

Por más que me empeño no puedo ver los entresijos de esta adivinación y aún frunciendo el ceño, mis ojos sombríos no recibirán esa respuesta, tan solo el mutismo del futuro y los aullidos invernales de los espectros de tumba profanada. No temas en autodestruirte, hazlo, puesto que el rescate aún queda muy lejos y yo no paro de quemar cerillas que iluminen la oscuridad de mi averno, mientras intento ver  y captar cada detalle de ese cuadro que guardo con tu retrato. Noches de trastorno esquizoide por obra y gracia del odio, que nos retiene encadenados a su fúnebre vera y a sus caricias con regusto amargo de pura mentira. Siéntate conmigo e invoquemos a los espíritus, deja que la ouija de los desconsolados, marque la senda oculta que se pierde entre los entresijos de tu corazón venenoso, ya que no guardo más conejos bajo mi sombrero de copa. En este instante es cuando los trucos de la existencia se pierden dentro de este mar que son tus sueños líquidos.

Mira mis manos, una uña de cada color, ese abanico que forman mis dedos, con el tono de un ave del paraíso, es el refugio de mi inocencia, mi universo el lugar en donde en cada burbuja guardo un sueño de redención y otro de ilusión. Estoy oculto en la fugacidad de ese amor de la tumba que actúa como faro de la inspiración e iluminando cada uno de los folios en blanco que pretendo ennegrecer con el caos de mi escritura deforme y lacerante. No, no, cariño, no progresamos, ni admiramos las polvorientas reliquias de santos que nos rodean, ni las ruinas de un Partenón destruido por la fuerza de la palabra “Odio” y ahora simplemente, el rostro epiléptico del desprecio nos obliga a trepar hasta el techo como arañas hambrientas de néctar vital y soledad mortal. No hay futuro en tus ojos, solo un esperpento de fuegos artificiales consumidos antes de ser arrojados al cielo, que es donde se nos esfuman las ilusiones entre viento atroz y niebla estéril.

Mezcla con tu vino el polvo de un colmillo de jaguar machacado, vierte en esta magia absurda todo aquello que deseas, aunque bien tenemos entendido, que los placebos no funcionan cuando se trata del corazón, porque tan solo deseas la certeza de saber que el amor te depara entre las esquirlas de un perfume arrebatador. La plata de Iscariote se desliza entre mis dedos y la sonrisa se tuerce en un gesto de desaprobación, la conciencia siempre alerta no duerme tranquila cuando está envuelta en los efluvios de un tóxico para la dignidad. Cuando la soledad comience a filtrarse por entre los recovecos de nuestra sombra, caeremos al limbo de ese sueño fluorescente que vela el descanso de los eternos. Estoy convencido de esta siniestra realidad porque he adivinado los misterios que guarda tu existencia: Si no eres capaz de colgar en tu pecho un colgante con el signo del sentimiento, es mejor que desistas, habrá ganado el letargo de la sensibilidad sobre el pálpito del corazón.

Cuando no haya nada más que ver, será el momento de tapar la bola de cristal con mi sombrero de copa. Posteriormente, lo único que se escuchará es como caen al suelo de madera varias monedas de plata y el sonido de una puerta cerrándose después… Hasta la próxima sesión de olvido.

 
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Publicado por en 22 octubre, 2012 en Mis Relatos

 

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