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La Petite Mort

24 Jul

No hay nada homogéneo salvo la muerte, sentimientos arrebatados a la fragilidad de una vida desnuda con su piel a las inclemencias del aire libre, recibiendo las atenciones de un Sol lascivo que arde con el calor de la lujuria fusionada en el núcleo de su corazón de fuego infinito. Deja caer la esperanza en el relicario de los sueños perdidos y congelados en el tiempo, se agotó el tiempo de los perdidos, el polvo de hueso es lo único que queda de esa Santidad que se fustiga todas las noches porque la erección de su deseo pugna por derribar los cimientos de su fe. Ahora es cuando los amantes se seducen con nocturnidad y alevosía, este es el momento en el que el príncipe de las tinieblas acaricia y lame los muslos de la dulce princesa cuyas ojeras verdosas sostienen unos ojos cargados de lascivia por el deseo prohibido, ese placer que ella siente, le obliga a aferrarse a las sábanas de terciopelo que sujetan el lazo que une su efímera cordura a la realidad (ya trastornada por el pecado).

Brillante Luna llena para alumbrar el ansia por el pecado de unos fantasmas que surgen de su limbo cada noche porque no pueden olvidar el apetito por la carne macilenta y gris de la muerte que se asoma a la habitación de los caprichos. Miradas sensuales a través de una cerradura que guarda recuerdos de voluptuosidad sin fin, ahora ya solo queda un placer residual fondeado en el espacio y tiempo de este lecho infinito, una cama para condenar por toda la eternidad la perpetuidad del alma. Este impulso vital azota la noche con la fuerza de un ciclón, no hay gemido más poderoso que el aullido de un orgasmo nocturno, asediando el tímpano de nuestros oídos, acostumbrados al susurro espectral del amor que nos profesamos. Guardamos en el silencio de un eclipse, todas esas caricias prohibidas que reivindican el echar de menos nuestra dualidad cuando la soledad se apodera como un virus de la verdad que sin pudor protagonizamos.

Ánima que el cementerio abortó de entre una lluvia de rosas negras envenenadas con mentiras y ganas de huir de las fauces de la tumba, has existido porque el anhelo pervive más allá de la realidad turbia de una encarnación pútrida porque cuando el deseo llama a tu cama, la anoréxica inapetencia se guillotina sin dudar. Amor, regálame tu Gloria, la noche está deseando que hagas realidad todo aquello por lo que yo suspiro, blanca desnudez que se desliza inmortal por mi piel nacarada, enervada por tu roce de Diosa porque yo adoro cada instante bendecido por la verdad que has clavado en mi corazón. Se agitan mis entrañas, estoy cayendo en un abismo turbador que sermonea mi mente con versículos que se repiten a modo de mantra, son lo único que mis sentidos pueden captar entre la saturación de este afán sin fin: “Te quiero”. Estoy sin lugar a dudas implicado en tu alma, mi destino ruge cuando el frío de la ausencia se presenta para que yo lo estrangule las veces que sean necesarias.

Cada espera se hace infierno, una blasfema crueldad que nos tortura mientras que la habitación se vacía de pasión, aguardando inmersa en un silencio ensordecedor el regreso que tanto ansía y el fuego que una noche se ausentó. Una pareja de fantasmas se besa en un pasillo oscuro, manos heladas manoseando muslos, vida contra el miedo del sepulcro, lengua frente a lengua, yo gozo de sus miradas en mitad de esta vieja mansión cargada de un festín para el olvido. Hoy proclamo la victoria del amor sobre la caducidad del universo penitente, la vida se ha adueñado de la inmortalidad y los agrietados espejos ya no son capaces de revelar agonizantes el último destello de las almas errantes. Inyección letal de envidia para unas venas cansadas de suspiros inservibles del amor sólido que taladra todo germen de nuestras deliciosas pesadillas porque la excitación, siempre nos aguardará en posición fetal bajo la cama.

Si un día el Sol cae sobre nuestra vida, retuerce el sentimiento de la incomprensión y arde en mis brazos que se mueren por agarrar tu esperanza, sujetando todos tus sueños para a su vez, verterlos sobre la cama de la solitaria habitación… Cada molécula exuda ya el licor de los amantes para incrédulos solitarios. Un aposento de paredes pintadas de color desamparo, es el momento de arrancar de tu cuerpo todos los complejos y sumirnos en un deseo creciente como una Luna que agita nuestra ansia como si de una marea irrefrenable de sangre se tratase. Estamos hablando de la perfección en un momento, la fragilidad de lo sublime en ese instante enloquecedor que revista nuestra piel con el calor de un capricho inagotable. Los fantasmas del pasillo han desaparecido entre la oscuridad, dejando el dulzón perfume de una victoria incontestable sobre la madera seca y desgastada del suelo, se han ido y con ellos se marcha toda la felicidad que han podido arrancar de la suavidad de las flores (ahora secas) del recibidor.

Tinieblas declarando su amor sobre nuestro Reino de locura y sobriedad, ya estamos prestos para dar el paso que conduce más allá, dejando atrás los rincones de una ciudad que lleva nuestro nombre y es eterna en los corazones de todos los que la hemos amado. Ahora esta mansión está deslucida de intensidad, el silencio ya se ha escapado a través del pasillo, dando su bendición al polvo que en nuestras manos, se transmuta poco a poco en diamantes. Atesoro en el corazón estos momentos, esas décimas de segundo que delimitan lo insulso del Nirvana porque este delirio no concibe otra cosa que esperar al próximo anochecer para perpetuarse, para ver como tras la persiana echada, se extinguen los últimos rayos de Sol que trasladaremos al dormitorio. Enredados en una vorágine que conducirá hasta nuestra unificación para ser una amalgama de carne, sangre y amor. La puerta de la habitación se cierra, encerrándonos el uno en el otro… Dulce como el almíbar será “La Petite Mort”.

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Publicado por en 24 julio, 2012 en Mis Relatos

 

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