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Lágrimas de Karnak

08 Abr

Se voló la roja venda que tapaba los ojos, se desprendió así la última esperanza para su corazón envuelto por siempre en las mieles del terror y la dulce incomprensión. Fue de esa manera en la que los dioses creyeron que necesitaba despertarse a la verdad, en un lugar desierto, en frígida soledad. Relanza la maldad de este suelo profanado y otrora sagrado, limpia la pobreza de nuestra mirada porque estamos encerrados el uno en el otro y hoy más que nunca deseamos volver a olvidar y poner punto y final al incendio que ha arrasado nuestras almas y nuestro imperio desolado.

A la muerte del día, tendremos un Ojo de Horus para guiar nuestro descenso fuera de este laberinto de pesadilla en donde tristemente se pierda nuestro rastro. Hemos sangrado durante siglos, vampiros de la vida, sangre para bendecir bautizos impíos durante el clímax de la Luna llena, nada satisface más que la autodestrucción mi amor. Nos evadimos de la realidad durante tantos años que el objetivo se olvidó, nadando a través de la oscuridad, donde no hay más que frío y abandono para embargar el último hálito de almas viajeras precipitándose hacia su último estertor en el Hades.

Lágrimas de Karnak, desangrando los antiguos recuerdos y destiñendo gemidos en la lluvia. Un destino caduco y falto de inspiración, para así guardar nuestra iracunda frustración muy dentro de un podrido sarcófago egipcio. La maldición de los siglos baña nuestras venas con el licor para borrachos de falsa eternidad, no podemos alcanzar la caricia del Sol cuando nuestra última morada sellada y los resquicios de cordura que nos quedaban, sean emparedados en vida con siniestra precisión. Señala con tu dedo a Sirio, algún día, dentro de mucho tiempo, navegaremos en el barco de los dioses hasta allí y seremos inmortales.

Los sacrificios en el templo, las oraciones al inframundo nos retuercen la conciencia con rudeza y sin clemencia por nuestros ruegos. Nada de eso ha servido para alejar los brazos de Anubis de la pasión que nos embargaba y la lluvia ácida de nuestra frágil estabilidad. El loto púrpura impregnado en veneno acarició nuestra piel hasta inflamar de abrasantes mentiras y entonces la vida, la gloria en la muerte, el olvido servido en amnesia, la piedra y el granito para edificar el amor, todo ello por un momento cobró sentido y las estrellas orgullosas de nuestra inmolación, ofrecieron como colofón nuestras llamas al violento beso de las llamas.

Faraones de un reino perdido, olvidado, sin corona; razones varias para placenteramente perderlo todo entre los colmillos de una cobra real. Seamos veneno para alimentar la tragedia, Marco Antonio y Cleopatra ahogándose en su propia sangre, la que colapsa sus gargantas evitando un último, un postrero “te quiero” como epílogo. Recordarán las inmortales piedras que todo lo que te susurré en la noche era verdad, para los demás un jeroglífico indescifrable e imposible de comprender, como la voluntad de los dioses de este mar de dunas, polvoriento y reseco desierto que nosotros convertimos en nuestro oasis exuberante y eterno.

Somos dioses momificados en esta tierra y nuestro trono son las montañas que rodean el valle, allí donde descansan en polvo y arena, cientos de rancios cadáveres, inundados en natrón y revestidos de oro y ropajes para la eternidad. Nuestro imperio es el corazón que compartimos.

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Publicado por en 8 abril, 2012 en Mis Relatos

 

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