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Labios de Nassau

09 Ene

El brillante y taciturno neón, envenena lumínicamente la noche del Caribe ya que el crepúsculo de hoy está suspendido de nuestros sueños como un amante al borde de ese precipicio que conduce a un suicidio dictado a la vez por la conciencia más ciega y caprichosa. Vestirse con la elegancia del rey del inframundo no ayuda cuando estás rodeado de la muerte encarnada, no hay caricias ni susurros capaces de dictar al oído la verdad que aleje del caos inesperado de dentro de tu corazón. Esos bailes frenéticos, esas promesas de amor tan impacientes, son solo el cruel espejo de la epiléptica desesperación de la que hacemos gala, es únicamente felicidad falsa que se descubre como carne de exterminio, puesto que estamos en el infierno y las caricias de lo oscuro, bendicen el horror de nuestras pesadillas con la crueldad de lo divino.

Resiste la tentación en este Jardín de las Delicias digno de El Bosco más simbólico y guarda la lascivia en la habitación para objetos perdidos, ya que no hay lugar aquí para desahogar el deseo incontrolable. Este pánico desbocado es demasiada tensión para nuestras almas que se aferran a la virtud, acosadas por un pecado aterrador. Ya nos recibe una recepción de súcubos en el hotel de los desfases y lo lógico sería teñir de rojo el turquesa Caribe con el vino sanguíneo que se sirve tan solo a los reyes. Esa Báthory emborrachada de coágulos, se arrastra por el brillante y marmoleo suelo como si fuese una patética araña, coja de sus ocho patas. Derrama tan solo una lágrima de mi amor y yo verteré cada litro de tu sangre en esa piscina vacía, para bañarme después en el odio que alimenta tu impotencia patética.

Máscaras de cuero blanco para asustar al propio miedo, Armani(s) descompuesto(s) dentro del armario (de donde no hay salida), píldoras para olvidar sobre la mesilla de noche y un sueño que es incapaz de ser conciliado porque la conciencia no da descanso al pecado. ¿Seguro que estamos en el paraíso?, creo sinceramente que nos equivocamos de Salvador, aquí todo lo que queda son corazones reducidos cenizas y urnas sin cenizas pero repletas de colillas con marca de sucio carmín. No hables de decadencia mi dulce amigo imaginario, cuando en realidad, quieres decir adoración, ella es la que empuja al alma hasta el suicidio de una rectitud vendida a cambio de dólares arrugados y sucios. Tapó los ojos de su amante con una boa de plumas negra, cegando la moralidad y el pudor de una visión contaminada por el deseo de unos labios… de Nassau.

Bendice la sien con un beso de 9 milímetros de diámetro o mejor aún, ahorca a tu mayordomo de la más alta palmera del paseo marítimo, descarga la impotencia que no puedes reprimir sobre aquello que más odias, puesto que estamos en el paraíso y tu negro deseo es voluntad y palabra de infierno. Rememora todas y cada una de las reuniones rituales en las que has sido partícipe, recuerda el agujero en tu pecho y observa como tu corazón está ardiendo entre las llamas de una furiosa antorcha. Ahora vuelve a la realidad, sé que tus negros pulmones se asfixian con las visiones de lo oculto pero debes de saber, que no es tarde aún para hacer de esta quiebra un Edén. No abras la puerta de Gehenna, tan solo echa un vistazo al espejo de tu habitación y mira cuantas almas penitentes hay perdidas en él bajo el influjo de tu desidia.

Amanece en esta isla, los espectros van deprisa y con disimulo a cubrirse con una gasa fantasmal que difumine su irrealidad y oculte su presencia hasta el próximo ocaso. Sin embargo, ella seguirá en el espigón cercano a la blanca playa del hotel, esos ojos negros, esas pupilas infinitas guardan bajo sí mismas, el secreto de lo oscuro, la certeza de un deseo incapaz de ser enclaustrado por el ser humano, algo que es y sabe ser superior a nosotros. Jugaremos una última carta y el as de corazones hará que lluevan sobre nosotros afiladas fichas de casino, mientras bebemos el alcohólico néctar de la victoria. Hoy hemos viajado bañados en Sol, purificados en sombras de alivio para nuestras heridas, caminamos por un filo que rasga la piel sin un motivo maligno ya que sangramos por amor y cada instante que vemos pasar delante de nosotros, cada suspiro en la madrugada, contiene una dosis de placer que nos llama a besar estos labios de pureza infinita, aquí, en el Paraíso.

El Sol está colgado de un hilo dorado del firmamento, presto a caer en brazos de un amante crepúsculo y yo fumo despacio mi puro con el ansia indiferente por volver a sumergirme en el manto turquesa de su vestido, el infinito nacarado de su piel, el rubí de sus labios… de Nassau.


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Publicado por en 9 enero, 2012 en Mis Relatos

 

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