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Loto Negro

07 Dic

Una boa se enrolla lentamente alrededor de la calavera de ónix que yace perdida en una húmeda cueva y descansando sobre un lecho de rosas negras. Se ha producido el aquelarre del corazón y sabemos que el fin del amor se acerca raudo hacia nosotros, con la prisa de ese amante que sabe que la vida se le marchita mientras pelea cada noche contra el desamor. Brujería y elixires mágicos que funcionan como arsénico para el alma, glorificando la alevosía de unos actos que están predestinados a destruirte con fiera y quirúrgica precisión. No se puede congelar el odio cuando lleva años ardiendo en nuestro pecho y ahora es cuando el cariño se prepara a recibir el cruel final, este es el momento en el que mi memoria se torna en un surrealismo ridículo capaz de hacer sombra a los payasos del circo más patético de todos.

El amor se diluye en mentiras al mismo tiempo que un cubito hielo se derrite dentro de una copa, dejando libre un anillo de compromiso que guardaba dentro de él y que ya no tendrá nadie que lo mire de forma orgullosa con la alegría de la pasión pintada en sus ojos. No he sentido jamás un viento más frío que este, porta augurios funestos para el sentimiento pero es que ya no podemos sangrar más por un amor que se convierte en cruel enfermedad, cuya cura parece muy lejana para nuestro alcance. Perdido, condenado en mundo que se recrea con las heridas de los amantes, sé que todo puede morir hoy pero la esperanza está envuelta con los harapos de una prostituta que danza para conservar su alma y la dignidad que hoy estamos perdiendo.

Brilla la bohemia como la cálida llama que late en los adentros de un puro, es como el saber de una iluminación prevista a aparecer cuando se sepa comprender que en cada brillo de las estrellas, puedo encontrar los reflejos de aquellas lágrimas tuyas que no vertiste; guardando en tu interior el frío y el rencor de una prosa afilada, capaz de serrar por la mitad los principios de mi inocencia insegura. Ya no divierte beber sangre ni bendecir al caos que nos ha arrojado a un averno de soledad en donde pagamos caro nuestra insolencia, brindado en copas de oro y gemas preciosas por un final que No sea digno de nosotros. Cuando la podredumbre se apodere de la fe que un día poseíamos, ya no merecerá la pena continuar susurrando las bondades de este infierno.

¿Hola?, he llamado a la puerta y nadie abre, hoy había quedado contigo, me esperabas o eso creía. No se oye nada al otro lado de la puerta, no estás. El loto negro que portaba como regalo para ti no se marchita pero sí lo hago yo, al igual que el descansillo de tu piso. Parece que el tiempo pasa a toda prisa y esto se ha llenado de telarañas, hace mucho tiempo que mi cabeza yace apoyada sobre tu puerta, herrumbre en mi pelo, óxido en las bisagras que abrían el corazón de par en par a los brazos de un amor que hace mucho que huyó por la ventana, dejándome así, preso de la soledad y de una apatía que me impide aceptar que la tragedia me visitó hecha suicidio y acabó con mis esperanzas.

Preso de la locura que me hace hablar con mi cara cerca de la llama de una vela, hablo conmigo mismo todas las noches con la compañía de la fiel Lilith a un lado de mi habitación. Sentada, sin hablar (jamás lo ha hecho, nunca lo hará), vestida de negro luto, muy riguroso, capaz de enmudecer el más triste funeral y ese velo que cubre su cara, ese velo no deja traspasar la luz pero sin embargo, sí irradia el puro misterio de las sombras. Hay cadáveres sentados al banquete en la mesa del salón, es el festín de lo blasfemo e irreverente… Platos vacíos, cubiertos impecables y los resecos corazones sobre la mesa en un espectáculo donde el polvo es la especia que da el sabor justo y necesario al manjar de lo siniestro.

Todo es sacrílego, así que tocaré el violoncelo con la tibia de uno de estos muertos sentados a la mesa de los olvidados porque la sinfonía del terror se apoderado de mí y soy como ese músico incapaz de dejar de tocar hasta no caer rendido al suelo, con el colapso agarrotando mi cara y los aplausos de un público inexistente resonando dentro de mi trastornada cabeza. Esta es la locura por amor en su grado supremo, aquella que me hace comprender, cuando estoy tendido en estas frías y polvorientas baldosas, que Lilith eres tú. Levantas el velo de tu cara y puedo verte al tiempo que susurras dos palabras: Loto Negro. Sí, loto negro. Puedo sentirme estrechando delicadamente esa flor contra mi pecho en el momento preciso en el que lo entiendo todo, por fin.

Siempre has estado ahí.

Sonrío. Sí, loto negro.

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Publicado por en 7 diciembre, 2011 en Mis Relatos

 

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