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Canción de cuna para un cadáver

09 Nov

Sonrisa de mármol sin esperanza, ven conmigo cuando esté la oscuridad en su cénit y no tengamos otra razón, ni perdón, porque deseamos arrancar de las fauces de la niebla negra, el último suspiro que nos ha insuflado el amor dentro de nuestro corazón. Música, un tono con el describir el sentimiento que se difumina en nuestros sueños y que aspira a regalarnos una eternidad que camufla su verdadero rostro, cuya realidad es cenicienta y depravada por incontables siglos de tortura y perjurio. La mentira de tu gloria está sepultada bajo una cripta de rosas y custodiada por cientos de espinas afiladas como cimitarras. Sí, sí, lo sabes, estás muy lejos, hemos enviado al limbo nuestro honor al caer en un averno sin ninfas que muestren el camino de salida. Esta madriguera de conejos es un maldito laberinto para la ilusión.

La noche es áspera como el más lamentable de los fracasos pero aún así, seguiremos dentro de un sendero graciosamente fúnebre, en donde ya no existirá más Budapest como rincón en el cual podamos perdernos… Callejones que susurran, amantes que se desangran en una avenida que hoy hace de rojo río, torrente denso para que los corazones extenuados sellen su compromiso por toda la eternidad. No dejes que esta música que hoy parece triste, mañana se transforme (aún más) en lo deprimente de una de melodía que retrate nuestras miserias, puesto que el cariño es un zafiro que queda para la posteridad y Dios, el único testigo del Acto Final. Perdición, hoy te imploro que me susurres al oído todos y cada uno de tus faltas, sincérate y después permíteme olvidarte como Drácula olvidó la luz del Sol, para siempre. Cumple mi deseo aunque mi avaricia e impaciencia ya hayan gastado tres con anterioridad.

Álzate en resurrección, puesto que la Luna nunca muere en cada amanecer, siempre habrá un nuevo crepúsculo con el que poder alzarse de nuevo… Si ella no cae, no lo hagas entonces tú. Criaturas de noche envolviendo nuestras condolencias y un purgatorio que con alegría, nos ofrece penetrar en su interior para expiar las penas. Esas, hacen que las flores del bosque se sequen cuando las sombras cubren su colorido añejo con la túnica del más refinado luto. No hay condenación, pero si una cruel represión del alma que queda atrapada en tus fantasías y en el reflejo de ese mármol blanco que en ocasiones tú crees que cobra la vida que un día yo quité a tu felicidad. He aquí una confesión escrita, desde una mente lúcida y libre de esas locuras románticas que vendaban los ojos de Baudelaire, cuando escribía tristes delicias sobre la maldición de ser un poeta prohibido.

La noche nos persigue con su abrazo frío y embriagador, ya no hay duda de que esta vorágine perfumada, lleva la marca de los proscritos, aquellos repudiados por ti, por mí, por ellos. De cuerpo presente está el amor, delante de nosotros, sumergido en la mudez atronadora de su muerte, flanqueado por los ángeles caídos que mañana serán gélidas estatuas de piedra, mohosas, sin brillo, sin alas negras con las que cubrir a los amantes en su otoñal lecho de divinidad y ocultismo. Se eriza la piel con el tacto de lo secreto, de aquello escondido en la cara camuflada de la luz, es el miedo a un misterio con difícil explicación en el momento en el que el sepelio por este romance, cubre nuestra cara con la elegante máscara de lo siniestro. Escarcha de sangre, corazón congelado al amanecer de tu mirada, eres tú, la gloria que se desparrama por el pantano traicionero de la fe, mi fe, la que he guardado siempre y solo para ti.

Amargas exequias, lo gótico inunda el bienestar con una ola de tinieblas que nos ahogan ante los cansados ojos del olvido. La Reina ha muerto de locura, el Rey corre presa del desaliento por entre los jardines de su prisión del dolor, a la que una vez llamó palacio y hogar… La historia amenaza con escribir su final. Los árboles sin hojas, el agua estancada y verde, un cielo púrpura, es un cuadro para gritar. Enterrados están sus sueños, ahora son recuerdos que se han difuminado en el tiempo y la locura, siluetas desdibujadas de un pasado que se esfumó con la celeridad con la que un relámpago apuñala con ansia nuestras noches de tormenta. No escondas tras puertas secretas y trampas mortales el tesoro de la felicidad, ese que puede ser encontrado, aunque el vacío de la existencia se empeñe en ocasiones, en ser la plaga que debemos combatir con la fe que nunca perdimos. Armonía arrítmica de flores frescas que acarician con extrema dedicación y que entrega el Amor, aquello que la firme convicción jamás nos dejará que caiga en el olvido.

Sí, canción de cuna para un cadáver, ópera in crescendo desde lo hondo de las catacumbas de mi inspiración, con todo el poder de lo soberbio para ti. Dulce canción de cuna para un cadáver que vive y no puede morir… Y nunca deja de Amar.

 
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Publicado por en 9 noviembre, 2011 en Mis Relatos

 

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