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La Exuberancia de Hades

19 Oct

Rosas blancas que se tiñen de rojo porque sus raíces beben día a día de un lago de sangre infiel, un castillo en la niebla donde el terror se alimenta de las pesadillas de los niños no bautizados y unos sentimientos torturados por eones de olvido y linfa furiosa… Este es el reino de Hades, el mundo donde las almas penitentes vagan sin descanso porque el infierno solo conoce el rencor y el castigo por toda la eternidad. Los corazones se aterran cuando llega la noche y si miras debajo de la cama, verás un abismo por el que surgen esos monstruos que son producto de tus peores sueños. Este es el romance de los muertos, no digas que no cuando lo siniestro te envuelve en la bruma del olvido y lo gótico es hoy y siempre, el manjar del que se nutre tu inspiración perversa. Ahora tan solo respira hondo y enamórate del terror que tiene sus ojos blancos de éxtasis y grita cuando la lápida bese el frío de tu pétreo karma.

Este es el dominio de todo lo pérfido, de las mentes que se trastornan a la luz de un eclipse, de todos los “Barba Azul” que enloquecen de ira al ver el encarnado faro de su guía y amor estallando entre las llamas más lascivas que nunca ha conocido el anhelo. El amnésico vino para olvidar está contaminado porque Baco ya murió ahogado en su propio néctar y las ruinas del Olimpo caen a pedazos sobre la Tierra. Solo queda ya temer, los demonios se han desparramado por el mundo y la única cura contra ello es el suicidio en un acto final de inmolación, poniendo la guinda perfecta a este epílogo cuyas hojas apergaminadas, se sumergen en la negrura del pantano, para ser olvidado para siempre. La Luna brillará una última vez pero sin embargo tu alma enésimamente sangrará, puesto que en el gélido perfume de la cripta donde te escondes no hay brazos que te permitan volar hasta la salvación.

El ocaso del corazón cae como una lluvia de piedras sobre nuestras conciencias, no hay paisaje más desolado que el de un amor que se niega morir porque la frustración lo ha relegado a ser ese ramo de flores secas que yace inerte sobre el carcomido y viejo escritorio del artista que no volverá, para comprobar que por un instante, la pesadilla de la soledad se había tornado en ilusión pasajera. Mientras tanto, los cadáveres olvidados en el bosque dan alimento para que majestuosas rosas negras crezcan sobre ellos, huyendo de la luz, expulsando esa fragancia de muerte que mantiene alejados a espectros vagabundos de una nocturnidad virgen que acaricia tus mejillas con el descaro de una vieja amante cuya alma está encerrada en el interior de monedas de oro. La viuda negra sube por tu cuello, presta a inocular el amargo veneno que haga destilar tus fantasías perdidas en destellos de oscuridad diluidos en brazos de tu pasión.

La tragedia espera detrás de la puerta, congelada en el tiempo, mientras que la dama olvidada, cuya cara es ya la máscara cadavérica del abandono, espera al fondo del pasillo. Del mismo modo que la estatua inerte se niega a continuar con un destino lleno del más terrorífico de los desprecios, el cual ha caído como una maldición sobre su momificado corazón. Ya no hay camino que desangrar ni labios de los que beber porque en este lugar de perdición, todo está marchito y desolado, no hay ningún espacio en donde no pueda leerse el nombre de Hades, no hay flores secas, no hay calaveras sobre mesas de despachos ni vestidos de novia ennegrecidos con el paso de un implacable tiempo que no lleven su nombre escrito a tierna sangre y exuberancia fatal. El viejo clavicordio toca un réquiem a medianoche, melodía para dejar de creer en que hoy habrá un amanecer después de este manto negro que envuelve la esperanza hasta asfixiarla con el abrazo de amor más mortal de la historia.

El viento se ha levantado y la última botella de absenta ha caído al suelo, vertiendo su dulce ambrosía esmeralda sobre un suelo ávido de sentir y degustar un sabor que no sea el del rancio polvo de senectud de estos escombros que un día alguien los llamó hogar. Entretanto, la cabeza de la dama cadavérica se ha desmoronado y despeñado al viejo enlosado, desintegrándose en un mar de fragmentos decrépitos, haciendo añicos la posibilidad de una promesa de amor por siempre que acaba de arrojarse al vacío sin ser perdida de vista por la mirada de una gárgola pétrea del inframundo. Cientos de bañeras con sangre, esta es La Exuberancia de Hades, escombros románticos de una realidad que busca la belleza y la perfección entre sombras que aman hasta la muerte y ángeles enredados entre los nudos de la serpiente que susurra y susurra tentaciones que conducen a un manjar de carne y a la comunión mística de la mano que sostiene una daga de plata de frío filo.

Dame una noche para bailar con el cuerpo de esa dama sin cabeza, que el destino me permita una última danza blasfema e irreverente, agarrando sus manos frías, respirando el aromático bálsamo que fluye de sus heridas de amor. Me detendré en el clímax de esta coreografía maquiavélica para poco después, romper a reír y llorar a la vez porque la locura y la irracionalidad han inundado cada hueco de esta historia esperpéntica. Cariño, hoy tendremos ajados y marchitos pétalos de cenar y de beber licor de lágrimas para los dos. Nunca se me podrá olvidar que muy por encima de la malignidad, todos los caminos conducen hacia nuestras exquisitas tinieblas… Enamoradas.

Una última reverencia después del baile nos despedirá de nuestra audiencia ausente, antes de que se cierre el telón de lo siniestro.

 
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Publicado por en 19 octubre, 2011 en Mis Relatos

 

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