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Espejos rotos

06 Dic

Una sola mirada en el abismo transparente de un cristal partido para darte cuenta de que has condenado y sentenciado tu existencia a unos lúgubres otoños, en donde la soledad pasea de la mano del amor desesperado. Camina y respira el olor a tierra mojada y a azufre que el demonio ha vertido para ti, túmbate en este bosque oscuro o descansa tranquilamente en el seco erial reflejo de tus sentimientos. Estás a punto de sucumbir al corazón de las tinieblas mientras que la otra mitad del espejo suplica clemencia por tu alma a punto de perderse en los paraísos infernales de Sade, para siempre.

“Te amaré hasta el infierno”, susurraría Dante a su Beatriz perdida en el purgatorio y yo hoy sonrío mirándome en tu cristal roto porque cuando termine este día las estrellas dejarán huérfana a la noche de su brillo, ya que descenderán contigo al averno como fiel cortejo nupcial. Las arras de oro caen de una en una al suelo de mármol negro que es frío como tu corazón y negro como tu alma, a la vez que se parte la rama que sujetaba la soga y la culpa de Iscariot. ¿No ves mi amor que poco a poco tu lado oscuro eclipsa la luz de la esperanza?.

Deja que escriba sobre el suicidio de la llama que iluminaba la habitación de los suspiros porque el fulgor se apaga y nuestra cama de reyes se sumerge en un pozo de indiferencia y fría apatía. Quizá nos quede el recuerdo de un último beso que inunde nuestras bocas con el sabor de una amargura que pide no ser olvidada y marcarse la caricia del infierno a su vez en nuestras pieles a fuego e ira por ser adictos a lo funesto que recibimos con una sonrisa en los labios. Una lágrima por cada mentira derramada, una rosa negra por cada caricia regalada a nuestros corazones que penitentes rezan sobre un altar de deseo y oro.

Brillamos por amor en las tinieblas y las dudas se desangran hasta morir porque el espejo partido mostró que nuestros rostros eran complementarios y necesarios si anhelábamos la perpetuidad de esa existencia que abraza con la firmeza de una noche matriarcal que no olvida la nostalgia doliente de sus hijos. Todas las puertas de nuestro palacio se abren de par en par, permitiendo entrar en él el frío viento de una noche en Transilvania. Mientras tanto a nosotros solo nos queda el beber el vino con láudano que anestesie nuestros pecados y haga remitir el dolor. Entrelazamos los brazos y cada uno bebe de la copa del otro, en soledad.

Saboreo el pecado de tus ojos mientras el espejo roto atrapa en su interior la esencia de nuestras almas en simbiosis. No importa si tu corazón está helado porque ese es el frío que yo quiero sentir hasta quemarme y para amarte a cada instante. Qué más da si tu alma es negra porque sé que me arropará a mí y a mi siniestro mundo de sueños. La ceremonia termina con la certeza de nuestros votos y es que más allá de los espejos rotos que guardan monstruos tras de sí, yo te amaré hasta el infierno.

Tú te reflejas en mí y yo en ti. Siempre.

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Publicado por en 6 diciembre, 2010 en Mis Relatos

 

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