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Sueño gris

01 Dic

Una gran luna llena iluminaba una noche cuyo silencio solo era roto por el suave viento que mecía las hojas de los robles y los álamos que rodeaban el castillo, un castillo que se erguía orgulloso sobre la tierra con su fría y eterna piedra cubierta por su base con musgo.

Un hombre joven dormía en una de las muchas habitaciones de la morada. Estaba solo, su familia murió hace varios años en una de las muchas guerras que asolaron la Europa Medieval, sus vasallos también fueron asesinados; solo quedaba él. Triste y solitario dormía sufriendo las mismas pesadillas que le asaltaban cada noche, pesadillas de sangre y fuego, de muerte, desolación y campos de batalla repletos de cadáveres con los estandartes de batalla clavados en la tierra y hondeando al viento en una macabra danza.

Miguel De la Cruz que así se llamaba él era un hombre de 28 años, de estatura mediana, delgado, pelo largo y oscuro y ojos verdes. Mientras dormía apretaba con fuerza las sábanas con sus manos, su cara realizaba una mueca de dolor hasta que se despertó sobresaltado. Se incorporó sobre la cama, el sudor resbalaba por su cara y su respiración agitada fue calmándose muy poco a poco; -“otra noche sin poder dormir”, pensó él.

Miguel se vistió, agarró un candelabro con varias velas encendidas y salió a pasear por el castillo como hacia casi todas las noches en las que no podía conciliar el sueño. Se acercó a una ventana, la abrió y contempló la belleza de la noche silenciosa iluminada por la luna que era tapada de vez en cuando por pequeñas nubes que se movían gracias al viento. Había pocas cosas ya en la vida que merecían la pena para Miguel pero esta tranquilidad era una de ellas, pocas cosas que aliviaran el dolor que sentía en su corazón por la muerte de sus familiares y amigos. Siguió caminando por dentro del castillo contemplando sus paredes y los muebles de madera noble cubiertos de polvo pero algo llamó la atención de Miguel entre tanto abandono y soledad, la luz de la luna que entraba por una de las ventanas iluminaba el retrato al óleo de Isabel, su bella mujer muerta hace 3 años.

Colocó el candelabro sobre una mesa y se acercó hacia el cuadro y empezó a deslizar su mano derecha por la pintura, acariciándola con una suavidad y delicadeza extremas como si se tratara del verdadero rostro de su mujer. Recordó aquellos maravillosos años junto a ella, no había sido un matrimonio de conveniencia como la mayoría de los de la época, había sido por amor, por mucho amor… la manera en que ella le fue arrebatada, tan cruel y dolorosamente hacia que Miguel ya no supiera que era la felicidad. Acercó su cara aún más hacia el cuadro y las lágrimas se deslizaron por sus mejillas; -“lo daría todo por tocarte y besarte aunque solo fuera una vez más”, susurró al cuadro, -“no quiero volver a despertar, quiero dormir y volar contigo…”.

Cabizbajo, se retiró del cuadro, cogió el candelabro y siguió su marcha casi funeraria por el interior del castillo. Bajó por unas escaleras y se dirigió hacia la cripta donde reposaban eternamente sus seres más queridos, agarró una pesada llave de hierro y la introdujo en la cerradura de la puerta de la cripta, giró la llave, empujó y la puerta se abrió con un leve chirrido. Miguel notó como el frío aire de la tumba le inundaba hasta el corazón y se le puso la piel de gallina, el olor del lugar era extraño ya que el aire estaba viciado porque la estancia había estado cerrada bastante tiempo pero a pesar de todo había un leve perfume de flores en el aire, algo muy extraño ya que las flores colocadas sobre cada tumba llevaban secas mucho tiempo.

Miguel se santiguó antes de entrar en la cripta y contempló el interior de la misma, toda hecha con mármol blanco. Cada uno de los sepulcros tenía encima una escultura que representaba a la persona que hay en su interior. Se acercó a la tumba de su mujer muerta y contempló la belleza y quietud del frío mármol y por un momento la muerte le pareció hermosa, se arrodilló y comenzó a rezar al lado del sepulcro de Isabel. Unos instantes después Miguel notó que un helado pero leve viento le daba en la espalda, no le dio importancia al principio hasta que ese viento empezó a soplar con más fuerza inundando toda la cripta. Las flores secas de cada sepulcro cayeron al suelo haciéndose pedazos y Miguel se levantó sobresaltado y dirigió su mirada hacia la entrada de la cripta donde contempló con claridad un manto gris que iba desapareciendo como si abandonara la estancia. Una mezcla de miedo e infinita sorpresa atenazó el corazón de Miguel y reuniendo fuerzas salió corriendo de la cripta y subió las escaleras en busca del extraño manto gris. A pesar de subir con gran velocidad no vio nada pero el extraño viento que apareció en la cripta parecía haberse extendido por todo el castillo e incluso por fuera donde las ramas y hojas de los álamos y robles se movían rítmicamente.

De repente escuchó un extraño y leve lamento que parecía lejano pero que cada vez sonaba más cercano hasta parecer que alguien había al lado de él pero no podía ver a nadie, su corazón acelerado parecía que iba a salírsele por la boca hasta que perplejo notó como unas manos se posaban en sus hombros con suavidad, se dio la vuelta y allí estaba su difunta mujer, un espectro, un fantasma, una ánima, un alma en pena… no sabía lo que era pero no le importaba, ella estaba ahí enfrente de él, con el manto y sus cabellos movidos por el fuerte viento. Miguel no pudo aguantar más e impetuoso besó al fantasma de su amada, al principio notó el contacto con unos labios fríos como el hielo pero que se fueron calentando hasta casi quemarle, el joven noble se desplomó en el suelo extenuado por tantas emociones. El espectro de su amada se arrodilló y sin decir nada ayudó a Miguel a levantarse, el tacto de sus manos era extraordinariamente frío, tanto que casi quemaba; -“quiero reunirme contigo Isabel”, dijo él; ella sonrió y comenzó a caminar hacia atrás, sus movimientos eran extraños ya que parecía que iba flotando sobre el suelo. Miguel la siguió mientras ella le hacia señales para que le siguiera, siguió avanzando, siguió casi sin darse cuenta hasta que notó que estaba cayendo al vacío, se había caído por una ventana del castillo, en ese momento el tiempo pareció detenerse para el mundo y para su caída y oyó con claridad la voz de su amada que le decía: -“¿No querías volar conmigo? ; si la vida nos separó, la muerte nos unirá”. Miguel sonrió y su cuerpo se estampó contra el suelo de manera violenta. A pesar del gran golpe, una leve sonrisa y una sensación de paz se reflejaban en su cara. En una de sus manos ya inerte agarraba con fuerza un manto gris…

 
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Publicado por en 1 diciembre, 2006 en Mis Relatos

 

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